jueves, 26 de febrero de 2015

Foxcatcher, el capitalismo salvaje


          Foxcatcher es una extraordinaria película estrenada recientemente que, de no estar basada en hechos reales, se podría pensar que es la revolucionaria idea de un guionista para explicarnos la actualidad partiendo de unos hechos ocurridos en parte durante la época de los mandatos de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, cuando se gestó el capitalismo salvaje que rige nuestro presente. Algo parecido a lo que aquí en España, salvando las distancias, hacía La isla mínima, otra película imprescindible. Ambas nos muestran los orígenes que no supimos atajar y que nos han llevado al momento actual, tan descarnado.
         No hay que asustarse, Foxcatcher no es una pedante película política que elabore una sesuda tesis sobre los males del capitalismo. Como buena obra de arte, todo esto lo lleva dentro, sin mostrarlo abiertamente, pues en la superficie es una entretenida e inquietante historia de unos personajes y su relación entre ellos, que se va intensificando y al final estalla ante nuestros ojos sin piedad.
         Sin embargo, no es una película amable, porque retrata la crueldad con la que uno de los hombres más ricos del mundo se apropia de personas y compra voluntades, juega con los sueños ajenos y busca notoriedad a costa de los sacrificios de otros. Y al mismo tiempo es una película estimulante, porque al salir del cine es posible que el espectador diga basta, no podemos seguir permitiendo esto, no podemos seguir jugando con estas reglas porque solo nos llevan a la derrota.

        

         Y es que, ante todo, no debemos olvidar que se trata de una historia real, seguramente desconocida por muchos, pero que se puede consultar en hemerotecas y vídeos, puesto que, dada la relevancia de sus protagonistas, muchos periódicos y televisiones se hicieron eco de lo que sucedió.
         La compañía du Pont, nacida en 1802 como productora de pólvora, es hoy en día la mayor empresa química del mundo por capitalización, dedicada al desarrollo de polímeros como el neopreno, el teflón o la lycra, y también a refrigerantes industriales y pigmentos sintéticos. Pues nada menos que uno de sus ricos miembros, John Eleuthère du Pont (1938-2010), es el protagonista de Foxcatcher, junto con dos campeones olímpicos de lucha, los hermanos Mark y David Schultz.
         John E. du Pont, un diletante aficionado a la ornitología, la filatelia y los deportes decidió patrocinar al equipo estadounidense de lucha olímpica, una forma vicaria de conseguir la gloria que él, por sus condiciones físicas y mentales, nunca podría alcanzar. Lo que ocurrió después no lo voy a contar aquí, porque sería estropear la película a quienes no la hayan visto y tengan intención de hacerlo.

         Mi recomendación, si no se conoce la historia de du Pont y los hermanos Schultz, es ver primero la película y después informarse de cómo ocurrieron las cosas en realidad, así no se estropea la intriga de la película y luego resulta muy interesante revisar algo del mucho material que hay en la red sobre el caso. El juego de comprobar que lo que la película nos cuenta con tanta brillantez tuvo lugar en la vida real es fascinante, verificar que tanto abuso de poder, tanta maldad, tanta humillación son posibles e incluso tolerados y hasta alentados por el gobierno, que nunca mira lo que no quiere ver hasta que no le toca más remedio, cuando ya todo ha estallado y ha de hacer algo para conservar a sus votantes, estoy seguro de que conseguirá que seamos menos complacientes con ciertas cosas que ocurren en el mundo y nos empujará a hacer lo que esté en nuestras manos.

martes, 11 de noviembre de 2014

Elecciones 2011 y 9N: empate técnico entre PP y sí/sí



Pocas veces los políticos interpretan los resultados de unas elecciones de acuerdo con lo que matemáticamente significan, casi siempre lo hacen de forma sesgada, para acercarlas a sus intereses. Pero es que, además, muchas veces la distribución de los resultados no refleja lo que realmente han votado los ciudadanos, porque la ley electoral los desvirtúa. 

Así, nunca hemos oído decir a los políticos del Partido Popular que en las elecciones generales de 2011 obtuvieron solo el 30,99% de los votos del censo electoral. En cambio, les oímos decir con frecuencia que obtuvieron el voto de la mayoría de los españoles, lo que no es cierto, puesto que votaron al PP menos de la tercera parte de quienes tenían derecho al voto.
No es correcto siquiera decir que el PP obtuvo la mayoría de los votos útiles, puesto que habría que matizar siempre que esa mayoría fue relativa, no absoluta como, en cambio, se tradujo en número de escaños debido a la ley electoral, que beneficia a los partidos mayoritarios.

Mucho más significativos resultan aún los resultados de las elecciones europeas de 2014, que los políticos del Partido Popular también pregonan que ganaron, puesto que en esas elecciones obtuvieron solo el 11,71% del censo. Es decir votaron al PP menos de dos personas de cada diez con derecho a hacerlo.

En la consulta del pasado 9 de noviembre en Cataluña, la opción sí/sí obtuvo el 29,89% del "censo". Es decir, solo el 1% menos del porcentaje que al Partido Popular le sirve para gobernar España a su antojo y, desde luego, un porcentaje muy superior al que obtuvo dicho partido en las europeas que también "ganó".

Pero estos resultados están siendo descalificados por todos los políticos, analistas, periodistas y demás creadores de opinión cuando lo que deberían hacer es darse cuenta y explicar que algo está pasando para que en Cataluña se haya llegado a esta situación y que minimizarlo no es la mejor solución.



sábado, 8 de noviembre de 2014

La corrupción, la ignorancia y José Antonio Monago



Nada perturba tanto la vida humana como la ignorancia del bien y el mal. Cicerón


Cuanta mayor sea nuestra ignorancia, mayor será su capacidad de corrupción, de ahí que quieran que nuestra ignorancia sea mucha y pongan todo su empeño en ello:


Acceder al artículo: La ignorancia 







Cuando los diputados y senadores no tienen que dar cuenta del dinero público que gastan en viajes, ¿no es que ya la han legalizado?

Cuando el gobierno concede el tercer grado a Jaume Matas, en contra del criterio judicial, ¿no es que ya la han legalizado?

Y cuando no pueden legalizarla... nombran cargos judiciales afines al gobierno.




José Antonio Monago y la ignorancia

Cuando José Antonio Monago, el presidente de Extremadura (gracias al soporte de Izquierda Unida, no lo olvidemos), dice que él puede demostrar que ha pagado sus viajes particulares, está jugando con nuestra ignorancia, porque es fácil e inútil justificar los viajes particulares y lo que debe hacer es justificar sus viajes públicos.

Cuando dice que no recuerda lo que hizo durante varios años como político está jugando con nuestra ignorancia, porque lo que hizo no debería estar en su memoria, sino documentalmente justificado en la institución correspondiente.

Y cuando María Dolores de Cospedal le dice a José Antonio Monago "eres un referente, eres el presidente que quieren los extremeños"... francamente, ya no sé con qué juega, porque la ignorancia no puede llegar al extremo de que alguien pueda votar a un hombre que ya ha reconocido que es un corrupto, puesto que ha dicho que devolverá el dinero gastado, lo que implica que ha asumido su condición de ladrón del erario público... ¿y no le exigiremos que se vaya? ¿No exigiremos a Rajoy y Cospedal que lo echen?

...¿Y no les echaremos a ellos también, puesto que tienen como referente a un hombre que admite su culpabilidad?

martes, 4 de noviembre de 2014

No acudan a los conciertos de Isabel Pantoja.

Isabel Pantoja es una persona condenada a una sentencia de cárcel que, después de intentar eludir, está ahora intentando retrasar. El último argumento utilizado por su abogado es que la tonadillera tiene cuatro conciertos programados y que le iría bien entrar a partir del quince de diciembre.

No creo que los condenados tengan derecho a escoger la fecha de entrada en la cárcel, como si fuera la de un crucero. Dejando al margen, claro está, a los políticos corruptos, en cuyo caso escogen la de entrada y la de salida, si es que acaban yendo. Si fuera por compromisos laborales, como Isabel Pantoja, quizá muchos de los reos no entrarían hasta la edad de jubilación, bastaría con que tuvieran un trabajo, aunque en estos momentos eso sea algo bastante difícil. Pero ya sabemos que en España hay colectivos a los que cuesta hacer cumplir las leyes, si es que se consigue que las cumplan.

Los folclóricos, hombres y mujeres, son uno de ellos, porque representan algo así como el alma de España, y en un país donde el catolicismo tiene tanto peso da un poco de yuyu ir contra el alma. Muchos españoles sufren con las desgracias de los folclóricos y se deleitan con sus éxitos, ya se preocupan las televisiones (en especial TVE y su vergonzoso programa Corazón, Corazón) de que los compadezcamos cuando lo pasan mal y no los castiguemos cuando nos roban, porque nos dicen que también lo pasan mal y por lo tanto volvemos al punto anterior. 

Fue sonado el caso de Lola Flores cuando fue condenada por delito fiscal y se atrevió a pedir una peseta a cada español para poder hacer frente a la deuda. ¿Pagó socialmente por el delito y la posterior petición, que era toda una ofensa a los ciudadanos? No. La gente siguió acudiendo a sus actuaciones.

Farruquito es también un delincuente, de otro estilo, juzgado y condenado, que intentó culpar de sus actos delictivos a su propio hermano menor, y a quien el truco no funcionó porque hubo escuchas telefónicas que sacaron a la luz lo que sucedía. ¿Pagó socialmente por haber matado a un hombre conduciendo a gran velocidad, sin disponer de carné, sin proveer el obligado auxilio, dándose a la fuga e intentando culpar a otro? No. La gente siguió llenando los teatros en los que actuaba, más si cabe después del delito.

Ahora Isabel Pantoja se encuentra en una situación semejante: ha de ir a la cárcel y quiere posponer la cita alegando que tiene conciertos programados. ¿Pagará socialmente por haber robado dinero público de forma continuada junto con un hombre que ya está en la cárcel, cuya ex mujer también lo está? Esperemos que sí. En primer lugar esperemos que no le concedan la prórroga y entre en la cárcel con la misma puntualidad con la que un desahuciado es echado de su casa, pero si finalmente se la conceden, esperemos que la ciudadanía recupere el honor perdido y no acuda a sus conciertos.

lunes, 27 de octubre de 2014

Cazadores urbanos. Capítulo 3

3





            


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El lugar en el que vivía Diego Falcó, el tercer piso de un edificio de la calle Ausiàs Marc, céntrico pero mal conservado, parecía cualquier cosa menos una vivienda. Anteriormente había sido un despacho y, aunque tenía un cuarto de baño y una pequeña habitación con puerta, el resto era un amplio espacio a modo de loft en uno de cuyos rincones un metro de encimera, dos armarios de formica y un hornillo a gas constituían una básica cocina que, de todas formas, no usaba demasiado. Un sinnúmero de máquinas se amontonaban por doquier y el suelo estaba atestado de cables de todos los colores, que iban de un lado a otro y conferían a la estancia el inquietante aspecto de un nido de serpientes retorcidas. Tenía varios ordenadores —algunos conectados entre sí y otros aislados—, dos aparatos de fax, tres o cuatro módems, una impresora láser y dos de chorro de tinta, una fotocopiadora en blanco y negro, un escáner en color, tomas de teléfono por todas partes y hasta una máquina de jugar al millón, única representante de un tiempo que en aquella casa daba la impresión de estar tan superado que la convertía en una pieza arqueológica.
            Diego Falcó tenía treinta y dos años y pertenecía a una generación que él creía privilegiada: la de aquellos que habían podido disfrutar en su niñez con los flippers, pero a quienes la revolución informática no había pillado tan mayores como para que aquel mundo les resultara poco menos que diabólico. Frente a la casa de sus padres había un bar en el que Diego empezó golpeando una bola con el fin de obtener puntos suficientes para conseguir una partida gratis, luego disparó cientos de misiles para acabar con la invasión de naves enemigas que lo amenazaban y terminó pilotando un avión de guerra en un simulador de vuelo que —decían—, utilizaba el mismísimo ejército de los Estados Unidos para preparar a sus hombres. Aquella había sido su infancia: creciendo a la par que la tecnología de las máquinas recreativas.
            De allí saltó a los ordenadores personales, cuando éstos todavía eran unos artefactos mágicos e inaccesibles para la gran mayoría de las personas, pero fácilmente controlables por los pocos entendidos del momento. Sin embargo, aquellas máquinas, al principio calificadas de infernales, se convirtieron pronto en juguetes y todo pasó a ser un formidable negocio. La velocidad a la que sus componentes quedaban obsoletos era casi tan grande como la que conseguían en sus cálculos, los sistemas operativos se complicaron, los periféricos se multiplicaron y el conocimiento se dispersó. Ya no quedaba nadie que pudiera comprender todos los secretos que aquellas máquinas guardaban en su interior; la piedra filosofal capaz de transformar los impulsos eléctricos en información inteligible escapó de las manos de los particulares y pasó a ser propiedad exclusiva de algunas grandes empresas, que empezaron a dictar unas leyes de obligado cumplimiento, ya que al margen de ellas nada funcionaba.
            Pero era tal la complejidad creada por las compañías que hasta ellas tenían agujeros por los que se les escapaba el control de sus propios procesos. Y la existencia de aquellos resquicios había engendrado, a su vez, una nueva raza de informáticos que se dedicaba en cuerpo y alma a localizarlos y utilizarlos a su antojo, ya fuera para desprestigiar a las mismas empresas o para aprovecharse de los incautos que estaban convencidos de que el sistema que les habían vendido era invulnerable.

            Diego Falcó formaba parte del grupo de nostálgicos y justicieros informáticos que ponía todo su talento al servicio de la delincuencia digital. Pero él, a diferencia de la mayoría, no era un filántropo de los que se apresuraban a poner en conocimiento de todo el mundo hasta los más nimios errores encontrados en los programas de los principales fabricantes. No. Alcanzar aquellos conocimientos le había costado largos años de aprendizaje y esfuerzos, y no estaba dispuesto a dilapidar su capital en forma de inútil vanidad. Noches en vela, fines de semana sin moverse de su habitación y el peso de unas gruesas gafas que le machacaban el puente de la nariz merecían sin duda una generosa recompensa.
            Y desde hacía algún tiempo las cosas no le iban nada mal.
      Un año atrás, en una feria de productos informáticos, Diego había coincidido con su pareja perfecta, aquella que muchos buscan en el matrimonio y que, a menudo, únicamente se encuentra al margen de los sentimientos y la vida en común. Él estaba sentado frente a un ordenador, simulando probar el nuevo juego que presentaba una de las empresas expositoras, aunque tratando en realidad de obtener una copia pirata. Uno de los empleados de la compañía sospechó algo y se le aproximó con sigilo por detrás. Estaba ya a punto de pillarle cuando ambos oyeron a sus espaldas un vozarrón que gritaba: "¡Eh, chico!". Empleado y pirata volvieron la cabeza y vieron a un hombre grande, gordo, rubio y sonrosado que, plantado unos metros más allá, le hacía señas al empleado para que se acercara a él. Diego se dio cuenta de que había faltado poco para que lo descubrieran, sacó el CD que había metido en el ordenador, se levantó y desapareció con rapidez.
            Media hora después coincidió de nuevo con el hombre grande y sonrosado, esta vez en los lavabos del pabellón. Diego meaba y, cuando acabó, se encontró frente a frente con aquel inmenso representante de la raza humana. Parado junto al secador de manos, el hombre lo esperaba. Diego no se meó encima porque acababa de hacerlo en el urinario de la pared, pero las piernas le flojearon como si alguien le hubiera robado los huesos. Pensó que aquel individuo era un policía que iba a detenerlo o, peor aún, un guardia de seguridad que iba a darle una paliza. Sin embargo el hombre empezó a sonreír, acabó soltando una gran carcajada que sonó como un trueno y le tendió una enorme mano que Diego no supo rechazar.
          —Ha faltado poco, ¿verdad? —le dijo, sin soltarle la mano.
          Fue inútil que Diego fingiera no comprender, estaba claro que el hombre se había dado cuenta de todo, su actuación no había sido una mera casualidad: lo había salvado intencionadamente.
         —Hay que reconocer que eres un valiente —añadió—, pocos son los que se hubieran atrevido a intentarlo.
          Le soltó la mano, pasó su brazo por los hombros de Diego y salieron de los lavabos. Parecían un padre con su hijo de corta edad.
           —Salgamos de la feria, aquí ya hemos visto todo lo que nos interesaba. Te invito a comer —propuso el hombre.
          Diego receló. No era sociable por naturaleza y no se fiaba de la gente que lo era, pero estaba en deuda con aquel individuo y acabó aceptando la invitación. No lo lamentó: Rudy Guzmán le llevó a una prestigiosa marisquería, en la que Diego comió de maravilla, y le propuso formar una sociedad que, desde entonces, le había proporcionado unos importantes ingresos. A cambio, él tenía que dedicarse exclusivamente a lo que más le gustaba: meterse dentro de archivos ajenos y fisgar.

            Aquella mañana Diego estaba esperando a Blanca. Ella tenía que pasar por su casa para informarle de cómo le había ido con la empleada de la compañía de seguros. Si Blanca había conseguido alguna dirección ip o algún número de teléfono a través del cual conectarse a la empresa, él empezaría a trabajar enseguida. En aquel negocio lo importante era la sorpresa, de lo contrario todo se volvía demasiado peligroso e inútil. Cada vez más a menudo las empresas procuraban blindar su información, pero todavía faltaba mucho para que sus archivos de datos se convirtieran en castillos inexpugnables, al menos para expertos como Diego Falcó.

            Blanca se presentó a las once y media.
            —Te esperaba más temprano —la saludó Diego.
            —No conseguí nada —le dijo ella, a modo de explicación.
            Diego puso cara de "ya lo sabía yo".
           —Pero creo que hemos acertado. La mujer es bastante más accesible de lo que pensábamos, y tiene muchos puntos débiles por donde atacar —se defendió Blanca, emocionadamente metida en el nuevo papel que Rudy le había adjudicado.
        —No sé, ya le dije a Rudy que este asunto me da mala espina, la empresa es muy grande y ella la secretaria de su Director General: o él acabará sospechando o alguien acabará descubriéndonos.
           —De verdad que es una mujer candorosa de la que creo que no va a ser difícil obtener lo que queramos. Y además está libre, hace tres años que se divorció de su marido: tal vez acabemos consiguiéndote una pareja, no es un mal partido —bromeó Blanca mientras le daba un ligero codazo.
      —¿Está conectada a Intenet? —preguntó Diego, ajeno al último comentario.
            —Ni siquiera tiene ordenador en casa. Pero no te preocupes: tiene un hijo de doce años.
            Diego la miró con expresión de no entender qué tenía que ver aquello con su negocio.
            —Conseguiremos que le regale uno, hombre —tuvo que explicarle.
           —Estamos en marzo, todavía faltan nueve meses para que lleguen los reyes —ironizó él.
            —Su cumpleaños es en mayo, pero ni siquiera tendremos que esperar hasta entonces, ya lo verás.
            —Dile a Rudy que lo de los suscriptores de la revista de equitación ha sido muy fácil —dijo Diego, cambiando una vez más de conversación—. Y dile también que es a cosas como esa a las que nos tendríamos que seguir dedicando y no a intentar conseguir secretos de estado.
            —Diego, solo es una compañía de seguros.
          Él, sin escucharla, le entregó un CD con una etiqueta en la que ponía "caballos", se sentó frente a uno de los monitores y empezó a teclear como si se hubiera olvidado del resto del mundo.

jueves, 16 de octubre de 2014

Mas, Serbia y el Real Madrid-Barcelona

Hace unos días, en un partido de fútbol entre Serbia y Albania quedó claro cuál es el terreno en el que se acaban dirimiendo las disputas nacionalistas, que no fue precisamente el del propio deporte, sino el de la pelea entre los jugadores de ambos países: el partido acabó a golpes después de que alguien (al parecer el hermano del primer ministro albanés) hiciera volar sobre el terreno de juego un dron con la bandera de Albania y que un jugador serbio tirara de ella y la hiciera caer.

Las cabezas temerarias del independentismo catalán ya tienen una idea y un lugar donde llevarla a cabo: el madrileño estadio Santiago Bernabéu, donde la próxima semana se juega el Madrid-Barcelona de la liga de fútbol.
No sé si alguien será capaz de hacer volar un dron con la estelada, todo es posible, pero si pasara eso o si pasara cualquier otra cosa que provocara violencia, solo tendría un responsable: Artur Mas.
Da igual que quien hiciera tal cosa fuera seguidor de otro líder o pensara serlo él mismo, Mas ha sido el que ha encendido la mecha y todo lo que explote a continuación será responsabilidad suya.

Ya lo he dicho en varias ocasiones, pero quiero insistir: Artur Mas es un personaje mediocre, acomplejado por su incapacidad para el liderazgo, aplastado bajo el peso del inconmensurable Pujol, que es alguien capaz de hacer que Cataluña gire en torno a él siendo presidente o declarándose delincuente.
Mas quiere emular al padre pero, como en la realidad no puede, se entrega a un delirio que le hace pensar que lo conseguirá, cree que es el Moisés que nos hará cruzar las aguas de la independencia, papel que ya interpretó para el cartel con el que concurrió a las últimas elecciones autonómicas, aquellas en las que perdió tantos diputados que lo dejaron en manos de ERC.
Ese fue otro revés para su ego desatado que intentó superar con un más de lo mismo: ahora debía superar a quienes le llevaban ventaja en independentismo y organizó el sainete del 9N, con la engañosa colaboración de la ANC, ese ente integrista plagado de pseudointelectuales que tergiversan la realidad para promover el delirio también entre los ciudadanos, como Víctor Cucurull, un ex candidato de la UCD hoy reconvertido en inventor de un catalanismo omnímodo e intemporal, que pregona que Cataluña existe como nación democrática desde antes de Cristo y que fue la cuna de Cervantes o Santa Teresa, tal como explica en el siguiente vídeo.




Que alguien pueda seguir pensando que la independencia nos hará libres después de escuchar una conferencia como la de Víctor Cucurull demuestra que el delirio ha calado en la sociedad, y eso es peligroso, porque cuando se confunde la realidad con la ficción se tiende a actuar de acuerdo con la segunda y separarse de la primera, porque la ficción gusta más que la realidad. El único problema es que es irreal.

Creo que lo más sensato que podrían hacer los políticos catalanes sería relevar del cargo a Artur Mas, alegando incapacidad mental, no sé si transitoria o permanente, pero su persistencia en el delirio lo hace una persona peligrosa para la convivencia. Y, por supuesto, que no pongan a su clon Homs en su lugar.











viernes, 10 de octubre de 2014

La desfachatez es del Partido Popular, no (sólo) del Consejero de Sanidad

El Partido Popular se comporta con desfachatez, con insolencia. Su falta de respeto a los ciudadanos no se corresponde con lo que debería ser el comportamiento de un partido dentro de un sistema democrático. Sus dirigentes mienten, tergiversan, esconden, callan, manipulan, acusan, evaden responsabilidades y culpas cuando gobiernan y mienten, tergiversan, manipulan, acusan y chillan, sobre todo chillan, cuando están en la oposición. 

Esta es su forma de actuación, está en su esencia, no es un accidente: no esperemos otra cosa, siempre será así, porque el partido está plantado en la misma tierra que abonó la reconquista, la inquisición y el franquismo. 
Entiendo que haya mucha gente que, cansada de la torpeza del gobierno de Zapatero en materia económica, lo votara. Y lo entiendo porque tenemos una formación ciudadana casi nula, destrozada por cambiantes y malos planes de educación, por siglos de dominio católico, una religión que no reconoce derechos a quienes la profesan, solo provoca miedo y represión, no permite opinar ni cuestionar, se basa en dogmas. 
Como dogmas quieren que aceptemos lo que el Partido Popular nos dice. Se presentan como únicos poseedores de la verdad. Se expresan con soberbia, con chulería, con desprecio hacia los demás, un método que funciona bien en la sociedad española, tan aficionada a destruir opiniones ajenas
Nos creemos a cualquier vendedor de medicamentos mágicos que salga en una tribuna y repita una mentira una y otra vez, mientras su medios afines la amplifican también tantas veces como haga falta, hasta conseguir que pensemos que es verdad.
Este es el gobierno que tenemos.

Y en ese funcionamiento vil, aparece la crisis del ébola y, tras unos días de titubeos, los dirigentes del Partido Popular encuentran a los que han decidido que echarán la culpa de todo. Son dos: Teresa Romero, la propia trabajadora enferma y Francisco Javier Rodríguez, el Consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid.

Culpando a la primera pretenden evadir sus propias responsabilidades en la gestión de la crisis. Culpando al segundo encuentran un chivo expiatorio de segundo nivel para proteger las cabezas de los de primer nivel.

Los medios de comunicación afines al Partido Popular ya han elaborado el relato "oficial": 
  • todo empieza desde el momento en que Teresa Romero se contagia, es decir olvidamos preguntarnos si fue adecuado repatriar a unas personas ("padre", llamó Ana Mato al segundo repatriado, con su lenguaje repipi de colegio de monjas) muy enfermas a un país que no estaba preparado para tratar su enfermedad y situamos el foco de la acción en la "torpeza" de Teresa Romero y en algunos fallos de gestión en su tratamiento.
  • Una vez situada la historia donde conviene, estos mismos medios se ceban en el Consejero de Sanidad, que se diría ha declarado ex profeso lo que ha declarado, para centrar los focos en él e inmolarse para proteger a su jefa, no en vano él mismo se ha encargado de presumir de que tiene la vida resuelta. Es decir, no va a sufrir ningún descalabro si lo echan de su cargo. Declaraciones, por cierto, que yo pienso que son constitutivas de delito (al menos ético): si ponemos la frase al revés, lo que nos viene a decir es que si necesitara el dinero no querría abandonar el cargo... por muy mal que lo hubiera hecho, ¿no?
  • Por cierto, que este hombre no es el primer escándalo en el que se ve involucrado, porque ya tuvo problemas cuando era el responsable del servicio de urgencias de un hospital y en el caos que creó murieron dos enfermos: Rodríguez