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lunes, 27 de octubre de 2014

Cazadores urbanos. Capítulo 3

3





            


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El lugar en el que vivía Diego Falcó, el tercer piso de un edificio de la calle Ausiàs Marc, céntrico pero mal conservado, parecía cualquier cosa menos una vivienda. Anteriormente había sido un despacho y, aunque tenía un cuarto de baño y una pequeña habitación con puerta, el resto era un amplio espacio a modo de loft en uno de cuyos rincones un metro de encimera, dos armarios de formica y un hornillo a gas constituían una básica cocina que, de todas formas, no usaba demasiado. Un sinnúmero de máquinas se amontonaban por doquier y el suelo estaba atestado de cables de todos los colores, que iban de un lado a otro y conferían a la estancia el inquietante aspecto de un nido de serpientes retorcidas. Tenía varios ordenadores —algunos conectados entre sí y otros aislados—, dos aparatos de fax, tres o cuatro módems, una impresora láser y dos de chorro de tinta, una fotocopiadora en blanco y negro, un escáner en color, tomas de teléfono por todas partes y hasta una máquina de jugar al millón, única representante de un tiempo que en aquella casa daba la impresión de estar tan superado que la convertía en una pieza arqueológica.
            Diego Falcó tenía treinta y dos años y pertenecía a una generación que él creía privilegiada: la de aquellos que habían podido disfrutar en su niñez con los flippers, pero a quienes la revolución informática no había pillado tan mayores como para que aquel mundo les resultara poco menos que diabólico. Frente a la casa de sus padres había un bar en el que Diego empezó golpeando una bola con el fin de obtener puntos suficientes para conseguir una partida gratis, luego disparó cientos de misiles para acabar con la invasión de naves enemigas que lo amenazaban y terminó pilotando un avión de guerra en un simulador de vuelo que —decían—, utilizaba el mismísimo ejército de los Estados Unidos para preparar a sus hombres. Aquella había sido su infancia: creciendo a la par que la tecnología de las máquinas recreativas.
            De allí saltó a los ordenadores personales, cuando éstos todavía eran unos artefactos mágicos e inaccesibles para la gran mayoría de las personas, pero fácilmente controlables por los pocos entendidos del momento. Sin embargo, aquellas máquinas, al principio calificadas de infernales, se convirtieron pronto en juguetes y todo pasó a ser un formidable negocio. La velocidad a la que sus componentes quedaban obsoletos era casi tan grande como la que conseguían en sus cálculos, los sistemas operativos se complicaron, los periféricos se multiplicaron y el conocimiento se dispersó. Ya no quedaba nadie que pudiera comprender todos los secretos que aquellas máquinas guardaban en su interior; la piedra filosofal capaz de transformar los impulsos eléctricos en información inteligible escapó de las manos de los particulares y pasó a ser propiedad exclusiva de algunas grandes empresas, que empezaron a dictar unas leyes de obligado cumplimiento, ya que al margen de ellas nada funcionaba.
            Pero era tal la complejidad creada por las compañías que hasta ellas tenían agujeros por los que se les escapaba el control de sus propios procesos. Y la existencia de aquellos resquicios había engendrado, a su vez, una nueva raza de informáticos que se dedicaba en cuerpo y alma a localizarlos y utilizarlos a su antojo, ya fuera para desprestigiar a las mismas empresas o para aprovecharse de los incautos que estaban convencidos de que el sistema que les habían vendido era invulnerable.

            Diego Falcó formaba parte del grupo de nostálgicos y justicieros informáticos que ponía todo su talento al servicio de la delincuencia digital. Pero él, a diferencia de la mayoría, no era un filántropo de los que se apresuraban a poner en conocimiento de todo el mundo hasta los más nimios errores encontrados en los programas de los principales fabricantes. No. Alcanzar aquellos conocimientos le había costado largos años de aprendizaje y esfuerzos, y no estaba dispuesto a dilapidar su capital en forma de inútil vanidad. Noches en vela, fines de semana sin moverse de su habitación y el peso de unas gruesas gafas que le machacaban el puente de la nariz merecían sin duda una generosa recompensa.
            Y desde hacía algún tiempo las cosas no le iban nada mal.
      Un año atrás, en una feria de productos informáticos, Diego había coincidido con su pareja perfecta, aquella que muchos buscan en el matrimonio y que, a menudo, únicamente se encuentra al margen de los sentimientos y la vida en común. Él estaba sentado frente a un ordenador, simulando probar el nuevo juego que presentaba una de las empresas expositoras, aunque tratando en realidad de obtener una copia pirata. Uno de los empleados de la compañía sospechó algo y se le aproximó con sigilo por detrás. Estaba ya a punto de pillarle cuando ambos oyeron a sus espaldas un vozarrón que gritaba: "¡Eh, chico!". Empleado y pirata volvieron la cabeza y vieron a un hombre grande, gordo, rubio y sonrosado que, plantado unos metros más allá, le hacía señas al empleado para que se acercara a él. Diego se dio cuenta de que había faltado poco para que lo descubrieran, sacó el CD que había metido en el ordenador, se levantó y desapareció con rapidez.
            Media hora después coincidió de nuevo con el hombre grande y sonrosado, esta vez en los lavabos del pabellón. Diego meaba y, cuando acabó, se encontró frente a frente con aquel inmenso representante de la raza humana. Parado junto al secador de manos, el hombre lo esperaba. Diego no se meó encima porque acababa de hacerlo en el urinario de la pared, pero las piernas le flojearon como si alguien le hubiera robado los huesos. Pensó que aquel individuo era un policía que iba a detenerlo o, peor aún, un guardia de seguridad que iba a darle una paliza. Sin embargo el hombre empezó a sonreír, acabó soltando una gran carcajada que sonó como un trueno y le tendió una enorme mano que Diego no supo rechazar.
          —Ha faltado poco, ¿verdad? —le dijo, sin soltarle la mano.
          Fue inútil que Diego fingiera no comprender, estaba claro que el hombre se había dado cuenta de todo, su actuación no había sido una mera casualidad: lo había salvado intencionadamente.
         —Hay que reconocer que eres un valiente —añadió—, pocos son los que se hubieran atrevido a intentarlo.
          Le soltó la mano, pasó su brazo por los hombros de Diego y salieron de los lavabos. Parecían un padre con su hijo de corta edad.
           —Salgamos de la feria, aquí ya hemos visto todo lo que nos interesaba. Te invito a comer —propuso el hombre.
          Diego receló. No era sociable por naturaleza y no se fiaba de la gente que lo era, pero estaba en deuda con aquel individuo y acabó aceptando la invitación. No lo lamentó: Rudy Guzmán le llevó a una prestigiosa marisquería, en la que Diego comió de maravilla, y le propuso formar una sociedad que, desde entonces, le había proporcionado unos importantes ingresos. A cambio, él tenía que dedicarse exclusivamente a lo que más le gustaba: meterse dentro de archivos ajenos y fisgar.

            Aquella mañana Diego estaba esperando a Blanca. Ella tenía que pasar por su casa para informarle de cómo le había ido con la empleada de la compañía de seguros. Si Blanca había conseguido alguna dirección ip o algún número de teléfono a través del cual conectarse a la empresa, él empezaría a trabajar enseguida. En aquel negocio lo importante era la sorpresa, de lo contrario todo se volvía demasiado peligroso e inútil. Cada vez más a menudo las empresas procuraban blindar su información, pero todavía faltaba mucho para que sus archivos de datos se convirtieran en castillos inexpugnables, al menos para expertos como Diego Falcó.

            Blanca se presentó a las once y media.
            —Te esperaba más temprano —la saludó Diego.
            —No conseguí nada —le dijo ella, a modo de explicación.
            Diego puso cara de "ya lo sabía yo".
           —Pero creo que hemos acertado. La mujer es bastante más accesible de lo que pensábamos, y tiene muchos puntos débiles por donde atacar —se defendió Blanca, emocionadamente metida en el nuevo papel que Rudy le había adjudicado.
        —No sé, ya le dije a Rudy que este asunto me da mala espina, la empresa es muy grande y ella la secretaria de su Director General: o él acabará sospechando o alguien acabará descubriéndonos.
           —De verdad que es una mujer candorosa de la que creo que no va a ser difícil obtener lo que queramos. Y además está libre, hace tres años que se divorció de su marido: tal vez acabemos consiguiéndote una pareja, no es un mal partido —bromeó Blanca mientras le daba un ligero codazo.
      —¿Está conectada a Intenet? —preguntó Diego, ajeno al último comentario.
            —Ni siquiera tiene ordenador en casa. Pero no te preocupes: tiene un hijo de doce años.
            Diego la miró con expresión de no entender qué tenía que ver aquello con su negocio.
            —Conseguiremos que le regale uno, hombre —tuvo que explicarle.
           —Estamos en marzo, todavía faltan nueve meses para que lleguen los reyes —ironizó él.
            —Su cumpleaños es en mayo, pero ni siquiera tendremos que esperar hasta entonces, ya lo verás.
            —Dile a Rudy que lo de los suscriptores de la revista de equitación ha sido muy fácil —dijo Diego, cambiando una vez más de conversación—. Y dile también que es a cosas como esa a las que nos tendríamos que seguir dedicando y no a intentar conseguir secretos de estado.
            —Diego, solo es una compañía de seguros.
          Él, sin escucharla, le entregó un CD con una etiqueta en la que ponía "caballos", se sentó frente a uno de los monitores y empezó a teclear como si se hubiera olvidado del resto del mundo.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Cazadores urbanos. Capítulo 2

2





           
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Pilar Orozco había tenido una jornada agotadora, sin un momento de descanso desde que llegara a la oficina a las nueve y cuarto de la mañana. Apagó el ordenador, cerró un momento los ojos y se masajeó el puente de la nariz. Se levantó, recogió la chaqueta y el bolso, se despidió del empleado de seguridad que custodiaba el despacho durante la noche y enfiló un largo pasillo recubierto de una moqueta demasiado gruesa para resultar cómoda. Cuando por fin entró en el ascensor que la conduciría hasta el aparcamiento subterráneo miró el reloj y se asustó al ver la hora que marcaba: las diez y media de la noche.
            Otro día más dedicado por completo al trabajo. Otro día más sin efectuar los ejercicios de estiramientos contra sus cada vez más frecuentes lumbalgias. Otro día más sin poder dedicarle ni unos minutos a Francis, su hijo.
            Francis y Pilar vivían solos desde que ella se había divorciado de Alfonso, su marido, hacía ya tres años. Pilar entonces era una simple administrativa más, pero una rápida serie de cambios en la empresa la habían llevado hasta el puesto de secretaria de un subdirector que, poco después, llegó a ser el Director General. Todos opinaron que había tenido mucha suerte, porque en unos pocos meses su salario había aumentado de forma importante y su consideración en la empresa también. Sin embargo no todo fueron ventajas. El ascenso perjudicó su posición durante el proceso de divorcio, porque Alfonso se agarró a su aumento de sueldo para justificar la ridícula pensión de manutención que su hábil abogado propuso pagar. El juez aceptó sus argumentos y fijó una cantidad prácticamente simbólica que Pilar aceptó sin rechistar, en aquel momento lo que menos quería era alargar, por una cuestión de dinero, un proceso que suponía traumático para Francis, que acababa de cumplir diez años.
            Otro inconveniente de su nuevo puesto fue que empezó a quedarse cada vez más horas en la oficina. Su anterior horario, de nueve de la mañana a cinco y media de la tarde, pasó pronto a la historia y las jornadas de doce horas  se convirtieron en algo frecuente. Y, por si fuera poco, SAR estaba preparando un proceso de fusión con SEASA, otra compañía de seguros más pequeña, lo que para ella no significaba otra cosa que más trabajo y una jornada más larga durante una buena temporada, hasta que todo el proceso, que iba a durar algo más de tres meses, llegara a su fin.
            A cambio de no tener una hora fija de marcharse a casa, por la mañana Pilar podía llegar un poco más tarde, nadie iba a atreverse a reprochárselo y eso al menos le permitía desayunar con su hijo, pero se pasaba el resto del día encerrada en aquel edificio, descuidando su alimentación y su cuerpo, y la mayoría de los días llegaba a casa tan cansada que lo único que hacía era ducharse con agua muy caliente, darle un beso a un Francis ya dormido y meterse ella también en la cama.

            Llegó al segundo sótano, salió del ascensor y se encaminó hacia su coche. Se lo había comprado hacía apenas dos meses y todavía olía a nuevo, era una berlina japonesa que había elegido siguiendo el consejo de su propio hijo —Francis ya entendía más de coches que ella misma— y tras haber consultado los baremos de siniestralidad de la empresa, donde figuraba en los últimos lugares.
            Al girar la llave de contacto, el reproductor de cedés se puso en marcha y una engolada voz empezó a hablar en inglés. Pilar apretó con furia el botón de extraer el disco: por las mañanas aprovechaba el trayecto desde su casa hasta el trabajo para refrescar aquel idioma que nunca había llegado a dominar, pero a las diez y media de la noche, después de más de trece horas de duro trabajo, lo último que deseaba era escuchar a aquel hombre que se empeñaba en que repitiera cuáles eran las prendas apropiadas para pasar un día en la playa. Apretó otro de los botones del radiocd y la función de búsqueda automática de emisoras fue recorriendo las frecuencias memorizadas, hasta que Pilar acabó quedándose con la misma de siempre: la que radiaba canciones de los años setenta y ochenta. Por lo menos aquellas canciones le traían buenos recuerdos y la entretenían durante el viaje de regreso a casa.
            Puso primera y empezó a circular por el aparcamiento. Entró en el largo pasillo principal que conducía hasta la salida. Circulaba tranquila y ligera, no eran horas de mucho movimiento. Vio las luces de un coche que se acercaba por uno de los pasillos laterales, pero no aminoró la marcha porque sabía que, aunque se aproximara por su derecha, tenía una señal de ceda el paso claramente marcada en el suelo. Además la mayoría de usuarios del aparcamiento eran habituales y sabían perfectamente cuáles eran los pasillos con preferencia.
            Se equivocó. El coche, un enorme todoterreno pardusco con defensas frontales, no se detuvo y embistió el suyo, golpeando uno de sus laterales y empujándolo hasta que estrelló el otro lateral contra una de las columnas que quedaban a su izquierda. A Pilar casi la asustó más el ruido de chatarra y cristales rotos que el zarandeo que la llevó de un lado a otro de su asiento. Cuando todo hubo terminado cerró los ojos, apoyó la nuca en el reposacabezas, respiró hondo y maldijo aquel monstruoso coche que se había abalanzado sobre ella. No por el accidente en sí —desde luego no iba a tener ningún problema con la compañía aseguradora, ella, que era la secretaria de su Director General—, sino porque sabía que aquello iba a retrasar su llegada a casa por lo menos una hora: primero la discusión con el conductor del otro vehículo —y ojalá que no fuera un gallito crecido ante la presencia de una mujer, pensó—, luego el papeleo, esperar la llegada de una grúa que remolcase su coche y después coger un taxi que la llevara. No estaría en casa antes de las doce, lo veía venir.
            Al volver a abrir los ojos se dio cuenta de que había una mujer parada frente al parabrisas. La primera impresión que tuvo de ella fue que era muy guapa y la miraba con inquietud, temiendo quizá que Pilar estuviera herida. Intentó salir del coche para demostrarle que no era así, pero el lado izquierdo había quedado empotrado en la columna y no pudo abrir la puerta del conductor. Pasó entonces por encima del cambio de marchas y trató de salir por su derecha, pero la otra puerta se había desencajado y tampoco pudo abrirla. Al ver que Pilar estaba atrapada, la mujer se acercó al coche y trató —también ella en vano— de abrir la puerta trabada.
            — ¡No pasa nada, estoy bien! —gritó Pilar, para hacerse oír desde el exterior.
            Los cristales de ambas ventanillas se habían roto y el grito salió retumbando del coche. La mujer soltó la puerta como si la hubieran reñido y sonrió; Pilar, al darse cuenta de la situación, también.
            —Suba a la primera planta y avise al guardia de seguridad, él me ayudará —le indicó Pilar, empleando ya un tono normal.
            La mujer señaló el coche y exclamó:
            — ¡Dios mío, está destrozado!
            —Tranquila. Aparenta mucho, pero es solo cuestión de chapa y cristales, seguro que el motor no está afectado —le dijo Pilar.
            — ¿En serio? —preguntó la mujer.
            Pilar asintió. La mujer respiró aliviada.
            En ese momento apareció el guardia de seguridad. Había oído el estropicio y se acercaba a averiguar lo sucedido.
            —No puede salir, las puertas están atascadas —le explicó la mujer.
            —No se preocupe señora Orozco, enseguida la saco de ahí —dijo el guardia, dirigiéndose a Pilar.
            Se acercó al coche, examinó la situación y decidió abrir la puerta de la derecha. Tiró varias veces de ella, pero no pudo. Entonces le pidió a Pilar que pasara al asiento trasero, se metió dentro del coche por la ventanilla, se recostó de través sobre los asientos delanteros y pateó con ímpetu la puerta hasta que finalmente cedió. Bajó con rapidez y le tendió la mano a Pilar para ayudarla a salir.
            — ¿Se encuentra bien? —le preguntó.
            —Perfectamente.
            — ¿Qué ha sucedido?
            —Un ligero contratiempo —contestó Pilar con una falsa sonrisa.
            —Ha sido culpa mía —confesó la mujer—. Como salía por la derecha pensé que tenía preferencia y ella se detendría, pero no ha sido así.
            —Tiene usted un ceda el paso como una casa pintado en el suelo —la recriminó el vigilante, a la vez que lo señalaba con el dedo.
            —Me he dado cuenta cuando ya era demasiado tarde —se excusó ella.
            —Afortunadamente las dos estamos bien. Eso es lo importante, los coches pueden arreglarse —intervino Pilar.
            —Me alegra oír eso, estaba asustada solo de pensar en lo que habría pasado si llego a embestir el coche de un hombre: me habría llamado de todo. A propósito, ni siquiera me he presentado, me llamo Blanca y me dedico a la publicidad —añadió, tendiéndole una mano a Pilar.
            —Encantada. Yo soy Pilar Orozco y trabajo en SAR, una compañía de seguros que tiene la sede aquí arriba.
            Mientras el guardia de seguridad pedía una grúa desde su teléfono móvil, las dos mujeres rellenaron unos formularios en los que se describía el accidente: ambas estaban de acuerdo en cómo había sucedido y Blanca aceptaba su culpabilidad. En la casilla del nombre, Blanca escribió Eulalia Pardell y le explicó a Pilar que ese era su nombre auténtico y Blanca el artístico, pero que lo usaba desde hacía tanto tiempo que ya se sentía más Blanca que Eulalia.
            Cuando terminaron, Blanca se ofreció a llevar a Pilar a su casa.
            —No te preocupes, cogeré un taxi. Vivo en la calle Rosselló, cerca del Passeig de Sant Joan, y a estas horas no le va a costar ni diez minutos —dijo Pilar.
            —Ni hablar. Es lo menos que puedo hacer después de lo que ha pasado— argumentó Blanca sin dar muchas opciones a la réplica.

            Pilar no estaba muy convencida de que viajar con aquella mujer fuera un acto de sensatez, pero estaba muy cansada y le pareció lo más cómodo. Le rogó al vigilante que se encargara de todo, subió al todoterreno de Blanca, que estaba prácticamente intacto, y que fuera lo que Dios quisiera.

sábado, 2 de agosto de 2014

Cazadores urbanos. Capítulo 1.

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El reloj del salpicadero marcaba las veintiuna cincuenta, Blanca llevaba más de dos horas metida en el todoterreno que había alquilado aquella misma tarde y ya no aguantaba más. Durante los primeros minutos había mantenido el motor en marcha y el cuerpo en tensión, preparada para arrancar con rapidez cuando llegara el momento, pero conforme el tiempo transcurría la tensión había dado paso al nerviosismo y Blanca incluso había bajado del coche un par de veces para fumarse un cigarrillo.
            Estaba impaciente. No alcanzaba a comprender cuál podía ser el motivo de que alguien trabajara hasta tan tarde, especialmente si no era más que una secretaria, por importante que fuera su jefe. Eran casi las diez de la noche y Pilar Orozco estaba en la oficina desde primera hora de la mañana. Blanca no sabía si todos sus días eran iguales, pero sospechaba que sí: cinco días a la semana, once meses al año, tal vez durante treinta años consecutivos. Incluso aunque el sueldo mereciera la pena, incluso aunque tuviera un despacho precioso en aquel elegante edificio de la zona alta de la Diagonal de Barcelona, Blanca no sabía si ella sería capaz de soportarlo; estaba acostumbrada a otro tipo de vida, muy distinto.
            Tenía treinta y nueve años, había sido modelo de pasarela hasta los treinta y cuatro y en realidad se llamaba Eulalia, un nombre que a su primer agente no le había parecido bastante atractivo para el mundo de la moda y se lo había cambiado por el de Blanca, que también a ella le había gustado y  ahora usaba siempre. No era de las que lo habían dejado pronto, conocía a muchas que a los veinticinco ya tenían que andar buscándose otra cosa, porque su cuerpo se les sublevaba y ya no servían para los desfiles. Sin embargo ella conservaba una silueta que, a primera vista, no se apartaba mucho de la que tenía veinte años atrás y como nunca había sido de las de primera fila había podido aguantar unos cuantos años sin excesivas dificultades. Luego, cuando dejó las pasarelas, logró colarse en el mundo de la publicidad, donde las cosas también le marcharon bastante bien durante un tiempo: alguno de los anuncios que había rodado se había emitido tantas veces por televisión que hubo una época en que la gente la reconocía por la calle. Blanca era aquella madre que rociaba con insecticida la habitación de los niños, sin preocuparse por sus efectos sobre ellos porque sabía que su composición no afectaba a las personas. Y también era la mujer del escotado vestido de noche negro cuya silueta envidiaban todas las demás invitadas a la fiesta, gracias a su nuevo sujetador de revolucionario diseño.
            Había sido una buena temporada: ganaba bastante a cambio de hacer un trabajo agradable, más no se podía pedir.
            Sin embargo, últimamente la suerte se había torcido y las oportunidades escaseaban. A duras penas había conseguido formar parte del tropel de mujeres que se lanzaba sobre un producto en oferta en un supermercado y del público que devoraba con fruición una conocida marca de patatas fritas en un cine; poca cosa para una mujer acostumbrada a más altos vuelos y con escasa afición al ahorro. Empezaba un nuevo milenio, el mundo no se iba a acabar, pero los buenos tiempos en los que ella podía elegir habían terminado y no le quedaba más remedio que aceptar lo que llegara.

            Y lo que llegó fue una oferta extraña. Al principio creyó que se trataba de una forma encubierta de prostitución y pensó que todavía no estaba tan desesperada como para recurrir a eso, pero luego se convenció de que tras la proposición que le habían hecho no había segundas intenciones y aceptó.
            A través de la agencia que llevaba sus cada vez más escasos asuntos, Blanca contactó con Adolfo Guzmán, un hombre a quien gustaba que le llamaran Rudy, que le propuso trabajar para él. Rudy se dedicaba a vender productos informáticos y le explicó que la necesitaba para que los suyos resultaran más atractivos que los que pudiera vender cualquier otro. Quería que ella fuera la cara humana de la técnica, un elemento más de la publicidad, todo muy decoroso. Su trabajo consistiría básicamente en dejarse ver; si quería dejarse tocar era cosa suya, él no se lo iba a exigir. Eso le dijo.
            —Pero yo no sé nada de informática —advirtió Blanca.
            —Yo tampoco, pero tengo un par de chicos que la dominan. Formaremos un buen equipo —le contestó Rudy.
            Desde entonces trabajaba para él, hacía más de seis meses.
            No le había resultado difícil. Todo lo que tenía que hacer era vestir con elegancia y cruzar las piernas de vez en cuando, nada que le resultara ajeno a una modelo. Ciertamente no estaba ayudando a la liberación de la mujer, pero Blanca no había inventado las diferencias entre sexos y necesitaba ganar un poco de dinero. En definitiva tampoco hacía algo muy distinto a desfilar, solo había cambiado las pasarelas por los despachos y en lugar de vestidos ofrecía máquinas, pero la principal referencia seguía siendo su cuerpo.
            Los clientes que visitaba eran siempre hombres, en quienes sus largas y pintadas uñas causaban un efecto inmediato cuando ella les señalaba los productos del catálogo. Casi notaba cómo se estremecían cuando ella rascaba ligeramente el papel y ellos asociaban inmediatamente acontecimientos como el perro de Paulov. Luego se repantigaba un poco en el asiento y se arreglaba la falda con falso disimulo, atrayendo así la vista de ellos hacia sus piernas, que entonces cruzaba con soltura. El aroma de la seducción envolvía la escena y enseguida todo resultaba fácil. ¿Cómo habían podido sobrevivir tanto tiempo sin el potente ordenador que aquella fantástica mujer les ofrecía?, se preguntaban los hombres, a veces incluso en voz alta.
            —Hoy en día siempre se encuentra justificación para comprar material informático nuevo. Te resultará fácil vender, porque nadie tendrá que dar excesivas explicaciones a la empresa del porqué de su compra. Todo evoluciona con tanta rapidez que lo que ofrezcas siempre será más moderno que lo que ya tenían, y los gilipollas a los que visites pensarán que si te compran algo, luego te llevarán a la cama. Ese es el juego —le había dicho Rudy.
            Y Blanca lo había jugado bastante bien. Después de que los dos técnicos de la tienda le hicieran un cursillo acelerado sobre los fundamentos de la informática, Blanca había recorrido numerosas empresas ofreciendo sus productos. Había recibido más invitaciones para después del trabajo —de las que había aceptado un par, bastante decepcionantes— que pedidos, pero el resultado en conjunto era satisfactorio. Rudy lo había reconocido:
            —El negocio marcha bien, estás haciendo un buen trabajo.

            Un día Rudy le dijo que necesitaba que hiciera algo especial y Blanca pensó que por fin había llegado la hora en que iba a proponerle que se acostara con un cliente, pero una vez más se equivocó: Rudy se mantenía fiel a su promesa, ni siquiera le había insinuado nunca que se fuera a la cama con él.
            Todo lo que quería era que se hiciera amiga de una mujer.
            —Quiero que vayáis de compras, que cenéis juntas de vez en cuando, que os contéis vuestras cosas. Y espero que alguna de las que ella te diga sea una interesante dirección de Internet, o un número de teléfono que sirva para conectarse a un ordenador... en fin, tú ya me entiendes —le dijo.
            Blanca le entendía, ya llevaba el suficiente tiempo trabajando para aquel hombre como para saber que no solo vendía impresoras sino también información. Sin embargo, Rudy nunca le había pedido que colaborara en el otro aspecto del negocio, como él lo llamaba, no sabía muy bien cómo funcionaba, solo lo que había oído en la tienda en alguna ocasión, y se asustó ante la propuesta.
            —No quiero meterme en líos —protestó.
            Pero Rudy era un hombre que sabía convencer a la gente y le tendió dos sobres que Blanca, recelosa, cogió.
            —Estate tranquila, no te propondría algo que fuera peligroso, porque yo también peligraría. En este sobre hay un informe que deberás leer con calma, pero no hace falta que lo habrás ahora. En este otro hay una pequeña bonificación para ti, por tu nuevo compromiso con la empresa. Ábrelo, mira el contenido, te lo piensas y ya me darás una respuesta —le dijo Rudy, sonriendo.
            Blanca abrió el sobre que su jefe le indicó. Contenía quinientas mil pesetas en billetes de diez mil.
            —Es mucho dinero.
            —Por ahora. Gástalo pronto, porque en enero llegará el euro y todo se va a poner muy caro, ya verás —predijo Rudy.
            Blanca no las tenía todas consigo, pero renunciar a aquella cantidad de dinero le parecía una estupidez, dadas sus circunstancias. Además pensó que Rudy tenía razón: no iba a encargarle nada que lo comprometiera, porque ella no era una experta. Cuando llegó a su casa y abrió el otro sobre vio que el informe contenía la descripción de las costumbres de Pilar Orozco, una mujer divorciada y con un hijo a punto de entrar en la adolescencia, que trabajaba co
mo secretaria del Director General de SAR, una importante compañía de seguros de automóviles. Blanca era una mujer acostumbrada a rodar por el mundo y pensó que no le resultaría difícil causar buena impresión a una secretaria sin despertar sus sospechas, porque el plan que le habían trazado y que estaba detallado en el dossier le pareció lo suficientemente original y bien hilvanado. 
             Entre otras cosas sobre la vida de Pilar Orozco, el informe decía que la mujer nunca salía de la oficina antes de las ocho. Blanca había deducido que la frase significaba que salía poco después de las ocho, pero aquella noche se estaba dando cuenta de su error; después de las ocho significaba cualquier hora después de las ocho: y aquel día pasaban cinco minutos de las diez y el coche de la secretaria seguía estando en el otro extremo del aparcamiento.