viernes, 20 de agosto de 2010

Pobrecito ex presidente

Como el niño que necesita reafirmar su presencia ante la llegada a la familia de un hermano pequeño, el ex presidente Aznar ansía, de vez en cuando, un poco de protagonismo. No es culpa suya, él ya no es el que era, es otro el que manda ahora y pasar a un segundo plano no siempre es fácil. No seamos severos con él, que bastante mal lo está pasando.
Ha de ser duro pasearse por las calles de Melilla con actitud y vestimenta chulescas para tener que demostrar al mundo que todavía existes. Vestir una sahariana arremangada y un cinturón de Coronel Tapiocca, para estar a tono con la zona visitada, no le ha de resultar sencillo a un otrora todopoderoso mandatario acostumbrado a los trajes y las bufandas, pero hay cosas que sólo los valientes y responsables saben que deben hacer, por mucho que cueste y ridículo que parezca. Y no es menor el mérito que tiene saber poner esta voz de garganta profunda, que sólo él consigue, para soltar un discurso de provocador de pelea callejera al estilo de esto no me lo dices a mí en la calle y recordarle así a la gente que todavía eres el duro del barrio.
Pero más allá de las formas y los traumas, que cada uno tenemos los nuestros y todos son igual de respetables, lo que más importa, lo auténticamente meritorio de la actuación de Aznar en Melilla, fue su decidido respaldo a sus habitantes y a las fuerzas de seguridad del Estado; no cuando era Presidente del Gobierno, no, que hubiera resultado de lo más fácil, sino ahora que es un ciudadano como cualquier otro, sin ninguna responsabilidad política y sin ningún cargo que justifique su visita. A ver qué otro ex mandatario se atrevería a algo así, les reto a que me nombren alguno.
Que aprenda Bush, por ejemplo, ese ex amo del mundo que tan valiente parecía y que, desde que ya no es presidente, no ha sido capaz de visitar a las tropas estadounidenses en Irak o Afganistán para mostrarles su solidaridad, ¿por qué? Pues porque es un cagueta, así de claro. Y es que no todos los ex presidentes son auténticos y valerosos hombres de estado y saben comportarse como tales, sólo los elegidos para la gloria están en ese selecto grupo, formado por Aznar y… ahora mismo no se me ocurre ningún otro.

viernes, 30 de julio de 2010

Prohibamos els castellers

Me contradigo, lo sé, pero, parafraseando a no sé quién: nada contradictorio me es ajeno.
Hace unos días decía que deberíamos prohibir cuanto menos mejor, pero ya que estamos metidos en ondas prohibicionistas (toros, burkas, abortos...), al menos prohibamos una actividad en la que se arriesga la vida de menores (muy menores) de edad por puro entretenimiento.
La ley obliga a los niños menores de 12 años a usar sillas especiales cuando viajan en coche y normativiza su tipología y posición. En cambio, cuando se levanta un castell, son varios los menores de edad que se encaraman a su cumbre y sólo el/la anxaneta (el/la que corona el castillo) lleva una mínima protección: un casco que ni siquiera es integral, una medida que se tomó cuando, no hace mucho, murió uno en plena faena.
Como mínimo, los/las anxanetas deberían llevar un arnés que les impidiera la caída, así como rodilleras, coderas, protector dental, etc.
Sin olvidarnos de los otros componentes del castell, a quienes se les pueden caer encima uno o varios pisos de personas, con el correspondiente peligro de contusiones y roturas.
Claro que los castells son "muy nuestros" y, por lo tanto, civilizados y lejanos a esa barbarie de los toros, que son "de ellos".

miércoles, 28 de julio de 2010

Los toros y la ópera

Hoy el Parlamento catalán decidirá, muy probablemente, prohibir las corridas de toros en Catalunya.
No me gustan los toros, pero nunca los prohibiría. Nadie me obliga a ir a los toros y, si fuéramos tan civilizados como pretenden decirnos y no les gustaran a nadie, nadie acudiría, dejarían de ser un negocio y, por lo tanto, se extinguirían solitos.
¿Existe una "demanda social", como ellos dicen? Pregunten por ahí: a unos les gustan, a otros no, unos dirán que los prohibirían, otros los adoran. Como el fútbol, como la ópera.
Pero nuestros políticos autonómicos parecen haber entrado en una deriva en la que no saben qué hacer para ocuparse de aquello que no interesa a nadie y no reporta ningún beneficio a la sociedad, mucho más preocupada de sus asuntos cotidianos que de estas "grandes cuestiones" que gobierno autonómico, diputados, alcaldes y otros grupos sociales de alta miras sienten la "misión histórica" de tratar.
Ejemplos: el ya famoso estatut, la ley de vegueríes, el referéndum de la Diagonal o los referendums sobre la independencia, la ley del cine, la prohibición de los toros, la prohibición de que en los circos intervengan animales...
¿Realmente piensan que estos temas son los que preocupan a los ciudadanos? ¿Que así se hace "país" como ellos dicen?
¿No se les ha ocurrido prohibir la ópera como obscena manifestación de lujo en tiempos de crisis? ¿Cuánto costó rehacer el Liceu obsesivamente igual a tal como era? ¿Cuántas subvenciones recibe? ¿Quién las disfruta? ¿Cuánto cuesta una entrada?
Prohibamos, prohibamos, que así es como nos convertimos en diferentes

lunes, 5 de julio de 2010

Artículo. Nunca llegaremos a nada

De un país en el que para entrar a trabajar en cualquier empresa de nivel medio se pide una carrera y hablar inglés, pero en el que a los dirigentes políticos no se les exige ni lo uno ni lo otro, con lo que se acaban dedicando a ello cuatro espabilados que fomentan el choriceo, el arribismo, el clientelismo, el caciquismo y algún que otro ismo que me olvido, ¿qué se puede esperar?

Pues ciertamente no gran cosa, todo se reduce a que un grupo de profesionales de la política (donde la acepción profesional sólo significa que se dedican a ello, pero no forzosamente que sean unos expertos) consiga el suficiente número de votos para hacer y deshacer a sus anchas allí donde manden (gobernar es, definitivamente, otra cosa).

Abundan los casos de corrupción y, por mucho que el propio gremio diga que sólo se trata de una minoría, lo cierto es que uno puede ir a preguntar a cualquier pueblo o ciudad y todos los vecinos le podrán explicar mil y una historias sobre tratos de favor, subidas de sueldo, contratos, concesiones, multiempleos, etc. que, vale que no sean todas del nivel de la Operación Malaya, pero es que tampoco todo es Marbella.

Y, de los pocos que son descubiertos, la mayoría sólo tiene que dimitir de su cargo y punto. Y, de aquellos poquísimos que van a la cárcel, una ínfima parte devuelve el dinero que robó. Eso sí, todos salen prontito de su encierro y luego se pasean por las tertulias televisivas vendiendo santidad y cobrando en metálico.

Pero ¿quién tiene la culpa de todo esto? ¿Nosotros que somos imbéciles y los votamos? Pues sí, pero no todo es mérito nuestro. Ya se encargan ellos de destrozar el sistema educativo para conseguir que todos seamos unos completos ignorantes que no tengamos el más mínimo criterio. Llegado ese momento ya lo tendrán todo en sus manos.

No queda bien decirlo pero ¿realmente el criterio de la mayoría es fiable viendo lo que hay? Y no digamos ya cuando no la hay y los partidos pactan alianzas. ¿A algún diputado del PSC se le hubiera ocurrido redactar la ley del cine impuesta por ERC que obligará a las salas a proyectar la mitad de las películas dobladas al catalán si no fuera porque ERC tiene la llave para que todos ellos estén el gobierno? ¿Realmente es esta una ley democrática?
¿Acabaremos teniendo que ir de nuevo a Perpignan a disfrutar del buen cine, como en los tiempos de Franco?
Y qué suerte han tenido ahora los políticos catalanes con que el Tribunal Constitucional haya invalidado algunos artículos del Estatut. Ahora lo tienen de lo más fácil para que nos quejemos del agravio que ha supuesto la sentencia y nos olvidemos de los casos Pretoria o Millet, que no exijamos cuentas a nadie por haberle dado el premio de empresario modelo al traficante José Mestre ni tampoco por haber subvencionado empresas para que se quedaran y finalmente hayan decidido marcharse.

Pensábamos, inocentes de nosotros, que habíamos puesto a los políticos ahí para que gestionaran nuestro patrimonio, el bien común. Bueno, espero que todos nos hayamos dado cuenta, gracias a esta crisis (no hay mal que por bien no venga), de que cuando llega el momento de dar el callo ni saben ni pueden y se van al recurso fácil: ¿luchar contra los poderosos? No, gracias, que son grandes y fuertes. Recortemos salarios y pensiones, atrasemos la edad de jubilación, aumentemos los impuestos. Eso sí, por el bien del pueblo y de la patria, de alguna de ellas... tenemos tantas...

domingo, 23 de mayo de 2010

Kate Moss machine

Kate Moss es un personaje visual imposible de comprender leyendo las páginas de un libro cuya única imagen es la fotografía de la portada. Sin embargo, el francés Christian Salomon ha escrito uno espléndido sobre ella, superando de paso la banal polémica sobre el soporte (papel, electrónico) e introduciendo un nuevo tipo de libro: el que no necesita incorporar imágenes que le son necesarias puesto que todas ellas están al alcance de un clic en Internet.
¿Cuántas y cuáles deberían haber sido incluidas en el libro para darnos una idea aproximada del fenómeno Moss? ¿Cuál hubiera sido entonces su precio? ¿Cuánto pesaría? Todo estas preguntas han pasado a ser retóricas puesto que el libro no incluye ninguna y cada uno puede buscar las que le apetezca, porque todas están a disposición del lector, empezando por las primeras (y tal vez más importantes) de Kate Moss que la revista The Face publicó en 1990, cuando ella era una adolescente escuálida que una amiga suya fotografió en la playa, medio desnuda y con un penacho de plumas en la cabeza, como una inocente niña jugando a indios y vaqueros.
Aquellas modestas fotos en blanco y negro cambiarían el mundo de la moda, acabando con el reinado de las modelos de medidas perfectas (Cindy, Linda, Naomi, ¿qué fue de ellas?) e introduciendo el de la chica de al lado, con las consecuencias que ello trajo para las grandes firmas de alta costura y de toda la industria que sostienen: ¿qué glamour podía tener uno de sus vestidos puesto sobre aquella figura delgada como las seis en punto? ¿Qué futuro les esperaba a las grandes firmas? La respuesta era obvia: adoptar a la chica de al lado; y eso hicieron, por supuesto.

No son estas las únicas fotos que hay que consultar mientras se lee el libro, claro, porque la trayectoria de Kate Mosse es larga y sus cambios han sido tantos, tan radicales y con tanta influencia, no sólo estrictamente en el mundo de la moda sino en el del comportamiento en general, que ha devenido un personaje mucho más importante de lo que a primera vista pudiera parecer en un acercamiento frívolo: nos guste o no, mucho de lo que ella ha hecho ha acabado repercutiendo en nosotros.
Moss saltó a la fama hace ya veinte años, sólo uno después de la caída del muro de Berlín, el mismo año en que se publicó Generación X, de la que ella es genuina representante, así como del movimiento grunge. Pocos meses después de las fotografías en The Face, Kate Moss fue ya capaz de sorprender al mundo cuando en París, en lugar de desfilar como una diosa altiva, se puso a correr sobre la pasarela como si la persiguieran los lobos, tal como dijo John Galliano, el diseñador cuya ropa llevaba.
De ahí en adelante la controversia la ha acompañado: tachada de anoréxica por los anuncios de Calvin Klein, fotografiada esnifando cocaína, redimida por McQueen, que la vistió de ángel y hasta creó un holograma suyo, esculpida primero en hielo y luego en oro por Marc Quinn, pintada embarazada nada menos que por Lucian Freud o trucada fotográficamente para convertirla en machine son algunos ejemplos de la evolución de alguien que se ha convertido en símbolo de lo que son hoy en día nuestras cada vez más largas vidas: una mezcla y sucesión de diversos roles, a menudo intercambiables en el tiempo
Porque se acabaron aquellas vidas en las que uno nacía, estudiaba, trabajaba, se casaba, tenía hijos, se jubilaba y moría. Hoy hay quien estudia cuando se jubila, quien empieza a trabajar a la edad en la que antes se tenían ya varios hijos, quien acaba de administrativo en la empresa en la que había sido directivo, quien entabla una relación homosexual después de varios años casado con alguien del otro sexo. La vida ha dejado de ser una sucesión de etapas en las que la siguiente quemaba la anterior, en la que la persona configuraba un solo perfil, en la que se tenía una única identidad.
Ahora todos practicamos, en mayor o menor medida, eso que se ha venido en llamar morphing, en honor al programa informático Morph, con el que en 1994 se diseñó un rostro femenino que era una mezcla de las características de distintas razas, que fue portada de Time con el título de “El nuevo rostro de América” y que Michael Jackson no dudó en aplicar sobre su propio físico a lo largo de su vida. Nuestro morphing no es físico (o no es sólo físico, que la cirugía estética también está ahí), pero nuestros cambios son constantes y nuestras trayectorias ya no son lineales, debemos reiniciar y aprender continuamente a menos que queramos quedarnos a un lado, convertidos en estatuas, y no precisamente de oro.
Kate Moss machine. Christian Salomon. Editorial Península, 2010.
Kate Moss corre para John Galliano http://www.youtube.com/watch?v=ip6OiNb7fqU

jueves, 7 de enero de 2010

Escudos en las aulas

Érase una vez un colegio en cuyas aulas se habían colgado escudos del Fútbol Club Deportivo porque el director era socio y gran seguidor de ese equipo. Hacía muchos años que los escudos pendían de aquellas paredes, tantos que ya se habían descolorido y parecían formar parte del mobiliario, también desgastado; muchos alumnos ni siquiera reparaban en ellos, quizá porque les resultaban muy familiares, ya que la mayoría de sus padres eran seguidores del mismo equipo y los veían a menudo en sus propias casas; y también porque los tiempos estaban cambiando: la televisión cada vez tenía más canales con los que entretener, los centros comerciales se habían convertido en centros de ocio y el fútbol, contra todo pronóstico, había dejado de interesar.
Los escudos de las aulas languidecían, pues, entre la indiferencia de los alumnos, a quienes el fútbol les parecía un entretenimiento del pasado, y la desmemoria de los padres, que ya no recordaban que estuvieran allí. Hasta que un día llegó un nuevo alumno, procedente de otra ciudad, ataviado con una camiseta del Fútbol Club Deportividad. Y se armó un buen revuelo, porque los otros alumnos explicaron en sus casas lo que había sucedido, en tanto que los profesores se lo contaron al director que, aunque bastante más viejo y achacoso, seguía siendo aquel que había instalado el escudo del Fútbol Club Deportivo en las aulas.
A partir de entonces, algunos alumnos empezaron a acudir al colegio enfundados en las camisetas de sus equipos favoritos y, también contra todo pronóstico, resultó que había una gran variedad, porque además de los del Deportivo y del Deportividad se veían también, entre otros, los colores del DxT, Deportes, Sportif y Sports. El director, por su parte, harto de que quienes él consideraba unos arribistas pretendieran usurpar el lugar que legítimamente le correspondía a su club, el de toda la vida, el que sin duda le era propio al pueblo en el que jugaba, mandó restaurar los escudos de las aulas, que en unos pocos días recuperaron su antiguo esplendor.
Al ver de nuevo tan brillantes los escudos del Deportivo en las aulas, los seguidores de los otros equipos reclamaron que se colgaran también los suyos, pues sintieron que se vulneraba su derecho a tenerlos: ¿por qué sólo uno y no todos?, decían. Hubo discusiones, manifestaciones y toda clase de opiniones en los medios de comunicación, pero no se llegaba a ningún acuerdo.
Se trató entonces en el pleno del ayuntamiento, donde el presidente del Fútbol Club Deportivo, que también era concejal, argumentó lo mucho que el pueblo debía al club, puesto que los partidos contra los equipos forasteros cohesionaban a los vecinos, juntos contra el enemigo. Las victorias eran motivo de celebración y orgullo para el pueblo, todos unidos. Y no dejó de recordarle al alcalde aquellas elecciones ganadas justo después del ascenso del equipo a la categoría superior, ni su condición de socio honorario, que le permitía ver los partidos gratis y desde la tribuna. ¿Le podían ofrecer lo mismo los demás equipos, que no tenían su sede allí y eran minoritarios?
El alcalde, a su vez, le espetó al presidente que cada año salía un buen dinero de las arcas municipales para subvencionar al Club, sin el cual no podría sobrevivir, porque sus gastos y fichajes no se cubrían con lo poco que recaudaban, puesto que su flojas últimas temporadas no animaban a los espectadores a acudir al campo.
Se enemistaron vecinos que habían sido amigos toda la vida, porque descubrieron que sus simpatías deportivas no eran las mismas. Se arrojaron piedras a las ventanas de algunas casas de equipos poco conocidos, porque se les acusaba de querer llevarse a los mejores jugadores del Deportivo. Hasta hubo varias agresiones, que sólo por casualidad no causaron ningún muerto, tan violentas fueron.
El alcalde y el presidente del club, desbordados y sin poder tampoco ellos ponerse de acuerdo, apelaron al gobernador, que dijo que sí, que no y que todo lo contrario, lo que dio argumentos a todos los bandos y no contentó a nadie.
Hasta que finalmente, un día, los alumnos del colegio decidieron que había que acabar con aquello: llevaron los escudos de las aulas hasta la plaza mayor, arrojaron encima las camisetas de sus equipos y prendieron fuego a todo aquello que estaba sacando de quicio a los mayores, ante la atónita mirada del pleno municipal, reunido por enésima vez para discutir y no alcanzar acuerdos. Luego los alumnos regresaron al colegio, de cuyas paredes nunca más colgó ningún escudo y al que nunca más nadie acudió con una camiseta de un equipo de fútbol. Y allí fueron felices y aprendieron matrices.
Y colorín colorado, este cuento podría haber acabado.

lunes, 4 de enero de 2010

Artículo. Siempre a medias

Una vez le pidieron al historiador Ramón Carande que definiera España en dos palabras. "Demasiados retrocesos", fue su magnífica respuesta, difícilmente superable ni escribiendo una historia de España en varios tomos.
Y es que tal vez sea esa la causa de muchos de los males que nos aquejan: andamos siempre replanteándonos si somos o una nación o varias, si Catalunya debe dividirse en provincias o vegueríes, si queremos una monarquía o una república... en fin, un montón de cosas que a un francés o a un estadounidenses le producirían risa o pánico plantearse. Y, claro, comos gastamos nuestras energías en materias borrosas que debieran haber quedado establecidas hace dos siglos y haber permanecido inmutables desde entonces, no nos quedan fuerzas para ocuparnos de otros asuntos menos baladís y más concretos como, pongamos por caso, una ley educativa única, perdurable, efectiva y alejada de vaivenes políticos y nacionalistas.
Bueno, pues a todo ello hay que sumarle ahora ese titubeo constante y esas ganas de agradar a todos (con lo que consigue no agradar a nadie) de nuestro actual gobierno, que lo deja todo a medias y da pie a todos los opositores a ponerse gallitos y enfrentársele con suma facilidad.
Y de entre todas estas decisiones que no son ni una cosa ni la otra ni la contraria, destaca la ley antitabaco.
Si cuando se promulgó la primera ley se hubiera prohibido fumar en todos los recintos cerrados, haría tiempo que ya nadie hablaría de ello, como no se habla ya de que no se pueda fumar en los aviones o en los hospitales, por ejemplo (donde, hay que recordar, antes también se podía fumar). Pero, claro, había que contentar a todo el mundo y al parecer no había forma mejor que dejar que fueran los propietarios de los bares quienes decidieran qué se hacía en sus locales, convirtiéndolos así en legisladores por delegación. Impresionante ejemplo que debería figurar en los mejores manuales de teoría política.
Y, a remolque de sus quejas, cualquier gobiernito autonómico opositor se crece y se siente con fuerzas suficientes para enfrentarse al gobierno, apelando ya sea a la sacrosanta libertad del fumador o a la no menos sacrosanta voluntad de negocio de los propietarios de bares, aunque dejando de lado la libertad de los no fumadores y la de los empleados de los bares, por ejemplo.
No recuerdo quién decía que el nacionalismo se cura viajando. Y no es lo único que se cura, añado. Seguramente toda esta gente que apela al apocalipsis barístico si se prohibe fumar en su interior no habrá estado en, digamos, New York o Londres. Allí no se puede fumar en ningún recinto cerrado y los bares y restaurantes están tan llenos como siempre.
Claro que allí no les dieron opción a ponerse gallitos: se promulgó la ley y a cumplirla. Porque, por un lado, es una ley sanitaria, que protege a todo el mundo (fumadores o no) de espacios rebosantes de humo y peste; pero por la otra no es una ley que prohíba a nadie entrar a tomarse un café o una copa en ninguna parte. De esto último ya se ocupa la Generalitat de Catalunya, siempre atenta a cuidar de sus retoños, a los que prohibe las happy hours y otras ofertas alcohólicas, no fueran a hacernos daño... pero esa es otra historia.