viernes, 28 de agosto de 2009

Relato. El hombre que no leía a Stieg Larsson

Érase una vez un hombre que no había leído ninguna novela de Larsson. Tal vez resulte difícil de creer, pero al parecer es cierto, tengo un amigo del que me puedo fiar que me asegura que un muy buen amigo suyo tiene un primo que lo conoce, y que era una persona normal que no se daba cuenta de lo que le sucedía hasta que fue demasiado tarde.
Dicen que el hombre sí que se fijaba en que todo el mundo llevaba los mismos voluminosos libros bajo el brazo, que en la radio los locutores comentaban que estaban enganchados a esas novelas, que en los periódicos había anuncios y reseñas incluso lejos de las escasas páginas literarias que incorporaban y que hasta en la tele hablaban de ellos, pero que no hacía mucho caso, pensando que no era más que una moda pasajera.
Pero aquello no remitía, antes al contrario, y el hombre empezó a preocuparse. Comentan que tenía un vecino, al que nunca antes había visto leer, que ahora andaba siempre con uno de esos gruesos libros en lugar de con su cartera habitual, incluso que un día se lo encontró sentado en el portal apurando las últimas páginas del primer volumen. Que, junto a la máquina del café, sus compañeros de trabajo se ponían al corriente unos a otros del nivel que habían alcanzado: yo ya he leído dos volúmenes, yo todavía voy por la mitad del primero pero lo estoy devorando y te alcanzaré pronto.
Hasta que un día alguien le soltó a bocajarro: y tú, ¿no has leído las novelas de Larsson? Cuentan que, cuando nuestro hombre contestó que no y vio las miradas de reprobación a su alrededor, se sintió mal, como si no estuviera cumpliendo un deber importante. Que aquella noche tuvo una pesadilla: el fantasma del tal Larsson se le aparecía y, como castigo por no haber leído sus libros, le taladraba el cuerpo por innumerables lugares y le colocaba piercings en los agujeros. Que se despertó, bañado en un sudor frío, cuando en el sueño contemplaba la sádica sonrisa de su torturador en el momento en que la máquina iba a empezar a percutir la punta de su pene.
Dicen que pensó que había alcanzado el límite, que llamó al trabajo y arguyó que no se encontraba bien, pero que lo que en realidad quería era comprar aquellos libros cuanto antes, de modo que acudió a primera hora a una gran librería dispuesto a saldar su deuda con la sociedad. Que una vez allí, vio enseguida enormes pilas de los tres gruesos volúmenes de Larsson y cogió un ejemplar de cada, pero que a su lado había libros de otro sueco, Henning Mankell, de los que cogió también cuatro títulos, que un poco más allá vio libros de Hakan Nesser, un sueco más, y cogió un par, que no dejó de lado los de John Ajvide Lindqvist, por si se ponía de moda, y que pilló alguno de Jens Lapidus, por si ya lo estaba, no fuera a pasarle como con Larsson. Que luego pidió ayuda para acarrear varios volúmenes de Mari Jungstedt, G. W. Persson y Karin Alvetgen, por si acaso.También cuentan que, con todos aquellos libros, metidos en un carrito de supermercado que le prestaron, cogió el coche y se dirigió al aparcamiento de Ikea, donde se dice que, todavía hoy, los que se acercan por allí, pueden encontrarlo leyéndolos mientras mordisquea bocaditos de galletas de avena con arenques marinados y que, si alguien se le aproxima, le habla en un idioma ininteligible que unos dicen que es sueco y otros que, simplemente, son palabras sin sentido que se ha inventado; y que su expresión es la de un hombre feliz, orgulloso de haber cumplido con su deber.

lunes, 13 de abril de 2009

Los guardianes de la ortodoxia

Ignasi Guardans es un tipo que me cae bien. No lo conozco personalmente pero, de todos los políticos que llenan los periódicos cada día, es de los pocos cuyas causas comparto: pretende restringir el uso del tabaco y está cansado de que lo humillen en los aeropuertos en aras de la seguridad.
Ahora, su partido, Convergència Democràtica de Catalunya, más próximo a los mitos que a las realidades, ha decidido prescindir de él en las próximas elecciones europeas, quizá porque Guardans se ha dedicado más a intentar mejorar la realidad que a ser fiel a unos mitos que, ya se sabe, no admiten variaciones o perderían su condición.
El hombre, que fue diputado en el Congreso español y todavía lo es en el Parlamento europeo, se va a quedar sin trabajo, como si fuera una víctima más de la crisis, pero ha encontrado otro enseguida, incluso antes de perder el que tiene; señal de que debe ser alguien apreciado y valorado más allá de las patrias pequeñas.
Y eso seguro que les duele a quienes lo han castigado, porque los deja sin argumentos en unos tiempos en los que encontrar un político que se tome en serio su trabajo de defender los derechos de los ciudadanos y sea un tipo honrado (pongo la mano en el fuego por ti, Guardans) es algo bastante difícil, rebosantes como estamos de noticias sobre corrupciones y corporativismos.
De modo que los popietarios de la verdades absolutas han decidido que no es suficiente el castigo infligido y han buscado otro motivo para agravarlo: Guardans va a ser elegido nuevo director del Instituto del Cine y las Artes Audiovisuales, dependiendo del Ministerio de Cultura, en el Gobierno del PSOE.
¡Anatema! Porque los visionarios de las patrias pequeñas piensan que el Ministerio de Cultura debería desaparecer y que el PSOE es un partido traidor a Catalunya. Eso merece, por lo tanto, la expulsión del hereje, y se ha encargado a las Juventudes de Convergència que formulen de inmediato tal petición. Ya se sabe, si son los jóvenes quienes lo piden siempre queda el recurso de decir que tenen vint anys i els bull la sang. No fuera que si lo pidieran los mayores alguien les recordara su apoyo al Partido Popular, ese gran aliado de la independencia de Catalunya.

miércoles, 24 de diciembre de 2008

Artículo. En la muerte de un escritor

Ha muerto un escritor. Es una frase sencilla, y sin embargo no es algo que pueda decirse de la mayoría de los que andan por ahí escribiendo, ganando premios y opinando sobre cualquier cosa. Era joven, tenía sólo 45 años, pero lo llevaba dentro, como esos grandes escritores del siglo XX, grupo al que él, sin duda, pertenecía.
Su fallecimiento ha ocurrido a finales de 2008 y su mejor novela fue la que publicó a principios de este mismo año, bien aposentada ya la nueva centuria, pero Francisco José García Hortelano (Francisco Casavella) era un escritor del siglo pasado, de mediados del siglo pasado quizá. Como Hemingway, Burroughs y tantos otros que simultanearon sus vidas reales con los personajes que ellos mismos crearon.
García Hortelano también tenía su personaje, que nació oficialmente cuando decidió recurrir al seudónimo para firmar su primera novela. El motivo aparente era bastante creíble: sus apellidos coincidían con los de otro escritor español ya famoso, Juan García Hortelano, del que era gran admirador (le centelleaban los ojos cuando, en su primera juventud, hablaba de El gran momento de Mary Tribune), pero en el fondo lo que sucedía era que Francisco García Hortelano no tenía bastante con vivir una sola vida, porque la desbordaba.
Esa primera novela que Casavella firmó se titulaba, premonitoriamente, El triunfo, algo que su autor obtuvo ya desde la multitudinaria presentación del libro en uno de los locales más de moda de la Barcelona preolímpica. A partir de entonces todo le sucedió a velocidad de vértigo: designado insigne miembro de la Generación X por la varita mágica de alguna de las hadas de la posmodernidad (algo que Francisco José García Hortelano celebraba especialmente porque, decía, con su siempre ácido sentido del humor, le había comportado un gran éxito con las mujeres), Casavella obtuvo el reconocimiento y el crédito suficientes para que le fuera permitido escribir en tribunas de culto como El País y pudo vivir dedicándose a lo que más le gustaba hacer.
Y eso que no era poco lo que le gustaba porque, como al clásico Terencio, nada humano le era ajeno, aunque suene pedante: es imposible escribir buenas historias si no se posee este don, del que García Hortelano andaba sobrado y que le permitía vivir sus variadas vidas al tiempo que devoraba música, libros, cine o televisión. Sus opiniones no eran nunca infundadas y sus conocimientos raramente eran parciales: todo lo vivía con auténtica pasión y lo absorbía.
Era de esas escasas personas que hacen cobrar vida a la ficción, que cuando hablan de una novela diríase que conoció a los personajes, que cuando ven una película viven dentro de la historia. Uno de esos privilegiados que entienden lo que un autor ha querido decir aún sin él mismo saberlo. Y así trataba también la vida real, esa que a menudo nos ofrece argumentos tan inverosímiles que quien no los vive es incapaz de creerlos: apasionado a la vez que analista, profundo a la vez que trivial, divertido a la vez que trágico. Humano. Complejo.
Aficionado al reggae, no le hacía ascos a los melodramáticos boleros, aunque prefería, sin duda, los trágicos lamentos de Héctor Lavoe; fiel seguidor del lunático Jonathan Richman, lamentaba la comercialización de un Bowie que no era de su generación pero al que conocía perfectamente; estaba junto al escenario la primera vez que Bruce Springsteen actuó en Barcelona, cuando la mayoría de sus fieles seguidores de ahora no sabían quién era; reivindicó la rumba de los gitanos de Gracia (algunos de los cuales actuaron en la presentación de El triunfo) mucho antes de que emergieran efímeramente y fue leal a Gato Pérez hasta que desapareció, como él mismo años después, encaramado al éxito.
Engullía libros con la misma fruición y desorden con los que digería películas: yo no le conocía ninguna afición por la historia cuando un día me pidió todo lo que tuviera sobre el siglo XVI español (no concebía términos medios y, visto lo que hizo años después con el XVIII, es una pena que no decidiera noverlarlo) y era capaz de descubrir la sabiduría de la obsesiva Blow up de Antonioni en la cutre Filmoteca de los ochenta cuando su generación vagabundeaba por la saga de La Guerra de las Galaxias pensando que eran películas filosóficas.
Era excesivo en muchas cosas, como en su propia escritura: su poco conocida novela Quédate (publicada después de El triunfo) es una especie de delirio inabarcable que años después ampliaría con otra sobredosis en tres tomos a la que llamó El día del Watusi. Por el camino había creado un par de parejas vampíricas: la de los dos hermanos de Un enano español se suicida en las Vegas y la de los protagonistas de Antártida: siempre esa dualidad, esa lucha entre dos, como él mismo y su personaje. Por eso le pudo dar a su última novela el título Lo que sé de los vampiros, porque sabía de qué hablaba. Esa fue su obra maestra, la que lo sentó en la sala de la fama respetada, la que lo apartó de generaciones pasajeras, lo instaló en el catálogo de novelistas de prestigio y lo acercó al gran público; todo a la vez, que no es poco y resulta bien difícil.
Quizá, por eso, el personaje Casavella estaba en ese punto en el que los buenos novelistas saben que tienen que poner fin a la historia, ese momento en el que el final es feliz no porque acabe bien sino porque deja al lector con ganas de más y lo atrapa para siempre, porque para siempre puede seguir viviendo en su cabeza. Tal vez el corazón de García Hortelano lo supiera y decidiera que así tenía que ser: lo malo es que no acabó sólo con el personaje, sino también con la persona.
Él lo ha disfrutado, quienes le tenemos en el recuerdo le echaremos de menos y quienes más le querían le llorarán, pero deberíamos alegrarnos por él, porque se ha ido en un gran momento, en su gran momento.

sábado, 29 de noviembre de 2008

Artículo. Héroes y villanos

En este país en el que vivimos resulta difícil saber qué es lo que hay que hacer para convertirse en un héroe, pero parece que el camino más fácil y corto sea convertirse en un delincuente, dados los ejemplos que últimamente abundan.
No, no voy a hablar de Franco, aunque fuera un paradigma de lo que digo: un malhechor que se levantó en armas contra la legalidad establecida, al que sin embargo muchos consideran un héroe. Si un poderoso juez no ha sido capaz de convencer a la justicia para que se interese por ello, ¿qué voy a hacer yo con mi pobre blog?
Para coger un poco de bagaje histórico nos iremos a una figura más reciente y modesta: el famoso Dioni. El tipo, cuyos méritos son ser bizco y haberse escapado tras robar una furgoneta con dinero de su empresa, hace años que se pasea por diversos programas de televisión y es mencionado por numerosas figuras del medio (Buenafuente y Pablo Motos entre ellos), siempre con tanta admiración y cariño que, quienes no conozcan su historia, pensarán que se están refiriendo a alguien que ha rescatado a un niño de morir ahogado o al último ejemplar de lince ibérico de ser cazado por algún desaprensivo.
Ni que decir tiene que el dinero que el Dioni robó, nunca se recuperó. O sea, que se quedó con el botín, o sea, que sigue siendo un delincuente.
Por orden de aparición en la historia criminal, vendría después el famoso Luis Roldán. Impresionante personaje, debo reconocerlo. Alguien que es capaz de conseguir un alto cargo en un gobieno socialista, aparentando tener una carrera que nunca tuvo, ya tiene su mérito. Claro que, para ser un alto cargo, no deben de ser necesarias las famosas fotocopias compulsadas que nos piden a los demás, porque supongo que quedaría mal: se busca Director General de la Guardia Civil, envíenos su currículum, no olvide las fotocopias compulsadas de sus títulos y ya le avisaremos.
No me viene a la memoria quién lo fichó y no quiero dármelas de superlisto, pero recuerdo que, en el glorioso año de 1992, yo colaboraba en la pruebas hípicas de los juegos olímpicos de Barcelona. Unas de ellas se celebraban en el Montañá, una zona boscosa a unos cuarenta kilómetros de la ciudad, adonde un día acudió Roldán en helicóptero. Recuerdo verlo descender, con su aspecto cazurro, su traje color crema y sus andares de engatusador de feria o de guardaespaldas de mafioso y que pensé ¿este hombre es el Director General de la Guardia Civil? Lo era, pero puedo asegurar que yo, que soy un prejuicioso de cuidado, jamás lo hubiera nombrado. En fin, ya sé que es fácil ser profeta del pasado, pero es lo que sentí en aquel momento.
Luego, ya lo sabemos, se descubrió que robaba y el tipo montó un película de espías con gabardina y país exótico incluidos. Finalmente fue detenido, pasó unos años en la cárcel... y nunca devolvió el dinero que había robado. Ahora aparece en una cadena de televisión, explicando lo que le da la gana, disponiendo de una tribuna envidiable para cualquieer chorizo de poca monta y, por desgracia, de un montón de público que, quién sabe, puede llegar a pensar que el delincuente es un héroe, que supo enfrentarse al Estado y ganar... como ya hiciera Franco.
Y la cosa (como debe de tener audiencia, que es lo único que cuenta) parece haberse puesto de moda, porque anoche el personaje entrevistado fue otro delincuente: Julián Muñoz que, por lo que he leído en el periódico, no se considera un alcalde corrupto porque el juez todavía no lo ha determinado. Impecable razonamiento: ¿si hubiera asesinado a alguien no se consideraría un asesino hasta que el juez lo determinara? Los demás no debemos considerarlo como tal hasta que haya una sentencia, pero ¿él mismo no sabe si es o no un chorizo?
Muñoz ha dispuesto también de su plataforma mediática (como se dice ahora) para que los televidentes le cojan cariño, para que les dé pena su historia de enamorado de la tonadillera que parece haberle vuelto la espalda, ahora que él, víctima de un gran injusticia, más la necesita; para poder afirmar que Jesús Gil (este daría para varios libros) fue el mejor alcalde deMarbella; para poder decir que "no tengo ni una sola condena que diga que me he quedado con un solo euro de Marbella"; para ridiculizar, en fin, al Estado y la justicia.
Y, para acabar por hoy, no quiero dejar de mencionar al Farruquito (lo hago siempre que puedo). Este pedazo de artista tuvo la mala suerte de confundir los pedales de su coche (claro, el pobre no tenía carné, ¡cómo no iba confundirlos!), atropellar a un peatón (que murió), escapar a toda velocidad y tratar de colgarle el muerto (propiamente dicho) a su hermano, menor de edad.
Cuando fue descubierto y llevado a juicio, sus abogados hicieron cuanto pudieron para rebajar la indemnización a su viuda y para enviar a la cárcel a un periodista, acusándolo de haber insultado al gran artista. Mientras tanto, el pedazo de artista se hizo la víctima; su novia salía por la tele, llorando desconsolada... no por la muerte del peatón sino por lo mal que lo estaba pasando su pedazo de novio; su madre era entrevistada en las revistas y decía que sufría mucho... no por el muerto sino porque le estaban destrozando la vida a su pedazo de hjo.
Y el pedazo de hijo-novio-artista montó un bodorrio que ni la duquesa y siguió dando conciertos, con más público que antes, cuando pocos conocían su arte: el de bailar, no el de atropellar, con el que, finalmente, se ha hecho famoso y ha alcanzado la honra de ser otro héroe nacional.
A su lado, ver a un Mario Conde envejecido, viudo, triste y espiritual me hace entrar ganas de montar un plataforma de apoyo a su candidatura al premio Nobel de la Paz.
Si ustedes me dan su apoyo económico para tan loable fin y yo me quedo con su dinero, ¿comprarán mis novelas que, entonces sí, encontrarán fácilmene un editor que las publique?)
Así lo espero. Ahora mismo voy a poneme a ello.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Artículo. Can we?

Obama ha ganado las elecciones en los Estados Unidos. Es una noticia excelente, que muchos esperábamos, hartos por una parte del discurso rambopublicano utilizado por su contrincante y encandilados con la impecable presencia del electo.
Y no me refiero sólo a su elegancia en el vestir o en las formas, a esa maravillosa forma que tiene de andar en mangas de camisa o enfundado en su habitual traje negro con corbatas de nudos perfectos (¿dónde aprenderán los estadounidenses a anudarse tan bien las corbatas? ¡Hasta los nudos de Bush son envidiables!), sino a su elegancia en el discurso, en sus eslóganes, en su impecable carrera, en su impecable vida.
Porque, hoy en día, una vida impecable es esa que reúne en sí misma el famoso melting pot americano, que, hoy por fin, llega al poder. Obama, nacido en una isla lejana, hijo de padre africano y madre americana que se divorciaron. Muerto él en accidente de coche, muerta ella de cáncer. Criado por su abuela en Chicago, estudiante en Harvard, casado con una brillante profesional, padre de dos guapas niñas, guapo él a su vez, inteligente, gran orador, carismático.
Además, cuenta con el apoyo del mundo entero. En plena campaña electoral fue recibido en Europa como si ya fuera el presidente y aclamado en Berlín por más gente de la que acude a un concierto de rock.
Lo tiene todo. Tiene tanto que, por momentos, parece un héroe de ficción, no un supermán sino uno de esos personajes íntegros que hubiera podido protagonizar James Stewart si hubiera sido negro y estuviera vivo y que no podrá protagonizar Denzel Washington porque Obama le ha robado el papel de su vida.
Y esa es la principal inquietud que podemos sentir ante el personaje, que no sea más que un gran actor con un excelente guión, porque da la impresión de que hacía ya meses que el mundo sabía que Obama sería el próximo presidente de los Estados Unidos.
La rudeza de la política americana durante los últimos ocho años ha sido tal que todo ha chirriado demasiado, haciendo que todos nos diéramos cuenta de que la maquinaria estaba herrumbrosa, tanto que ha acabado casi casi por pararse. Por ello, se necesitaba un buen tres en uno, alguien que engrasara de nuevo la maquinaria para que todo volviera a funcionar sin ruidos ni rozaduras, para que podamos sentirnos cómodos mientras seguimos haciendo girar los engranajes.
Claro que habrá cambio. Tiene que haberlo si no queremos cargárnoslo todo. El new deal, que tanto se menciona ahora, sirvió para que el capitalismo avanzara como nunca antes lo había hecho: con más inteligencia, haciendo que el progreso fuera general, haciendo que todos obtuviéraos una parte del pastel, aunque la de unos fuera infinitsimal y la de otros enorme, pero todos recibían algo. Esa es la clave: si sabes que vas a recibir algo, te esfuerzas en hacer girar los engranajes, en caso contrario puede que prefieras destruirlos.
Can we? Yes, of course, because we must change. Obama se encargará. Desde hoy cuenta ya con el apoyo de muchos millones de personas que le apoyarán y perdonarán que no lleve a cabo todo cuanto ha prometido, porque no podrá hacerlo. Pero hará lo suficiente. Dentro de ocho años (sí, ocho, dentro de cuatro será reelegido) quizá veamos a Sarah Palin en la Casa Blanca, porque será el momento de recoger los frutos.
Hasta entonces, carpe diem.

lunes, 11 de agosto de 2008

Artículo. Noticias olímpicas

Este mes de Agosto los periodistas que no están de vacaciones no se pueden quejar: tienen noticias más que suficientes para llenar sus periódicos o telediarios.

Prescindiremos de la enésima guerra entre territorios de la antigua Unión Soviética, cuyos muertos ya no llaman mucho la atención, y que le ha servido a Sarkozy para intentar una vez más ser el protagonista de los noticieros, algo también bastante habitual. También dejaremos a un lado el empeño de los medios de comunicación españoles de explicar con todo lujo de detalles cada agresión a una mujer que se produce en España, cosa que, más que desanimar a posibles futuros agresores, parece alentarles y darles ideas, a ellos, que disponen de pocas: ¡vaya! puedo clavarle la navaja, todo el mundo lo hace.


Así que, vamos a centrarnos en lo importante, en lo sobresaliente: las olimpiadas de Pekin (o Beijing, no sé), ya sea por lo puramente deportivo o por cuanto de otra índole se mueve a su alrededor, que siempre es mucho, y numerosos ejemplos hemos tenido a propósito de algunas cosas que pasan en China, como el autoritarismo que no cesa, la falta de respeto a los derechos humanos, que tampoco, o la situación del Tíbet, que da mucho juego a los intereses más variados.

En lo deportivo y, aunque faltan aún muchos días para que terminen los juegos, ya ha sido proclamado el héroe oficial. No es otro que el extraterrestre Phelps (el de la natación, ¿lo pillan?): un deportista completo del que es uno de los deportes más completos y que procede de un país también completo; no se puede pedir más. Incluso con polémica, que es lo mejor que puede pasrle a alguien para que hablen de él.
Los españoles, por su parte, recurren al de siempre (Nadal), a heroicidades (los esforzados de la ruta o el espadachín desconocido) o se quedan, también como siempre, a las puertas: por unos segundos, por unos puntitos o por un resfriado nunca acabamos de llegar; una pena.

Pero todo ello parece quedar en segundo plano ante la gran noticia de los juegos: la foto del equipo español de baloncesto estirándose los ojos para simular el aspecto de los chinos. ¡Qué gran pecado! ¡Qué tremendo atentado contra la humanidad! Afortunadamente, así se lo han hecho ver los periódicos ingleses, que han sembrado la idea de que este gesto puede hundir la candidatura de Madrid a los Juegos de 2016, o los de Los Angeles, que han exigido a Pau Gasol que se disculpe por ese acto de insulto a los chinos; lo cual no deja de ser chocante proveniendo de los países responsables del destrozo de Irak y de la muerte de millones de iraquíes, algo que, por cierto, no ha resultado un impedimento para que Londres sea la sede de los juegos de 2012, en la que seguro que los iraquíes estarían muy contentos de poder participar, incluso aunque la selección española se mofara de ellos fotografiándose con turbantes.

domingo, 20 de julio de 2008

Artículo. Articulista anarquista

Alpinista masoquista, astronauta abstencionista, ascensorista abolicionista, anestesista apóstata, acupunturista activista, acuarelista alarmista, alfombrista alópata, futbolista ludópata, trapecista baptista...

¿Me estoy refiriendo a hombres o a mujeres? Todas son palabras terminadas en a y, por el momento, no he oído de ninguna asociación de hombres que reivindique la creación de sus correspondientes masculinas, o sea, terminadas en o: alpinisto, astronauto, anarquisto. Suenan mal, como cuando alguien dice palabro para referirse a una expresión extraña; sin duda serían extrañas, porque no estaríamos acostumbrados a ellas. Hay cientos, miles quizá. Hoy en día, con internet, todo es muy fácil, sólo tienen que teclear diccionario inverso en su buscador preferido escoger cualquiera y solicitar que les muestre las palabras terminadas en a. No se las acabarán. Algunas de ellas les chocarán, porque puede que nunca antes se hubieran dado cuenta de que existen tantas palabras con terminación presuntamente femenina que se utilizan también para referirse a hombres, sin que hasta ahora les hayan llamado la atención.

No sé si la palabra miembro tiene una connotación masculina. Es cierto que se usa muy masculinamente cuando alguien se refiere al miembro viril. Tal vez sea por eso. De hecho, el Diccionario de la Real Academia, en su segunda acepción, lo recoge así y la hace equivaler a pene. Es, ciertamente, una correlación bastante masculina, aunque no imagino que la propuesta de miembra sirviera para denominar la vagina de la mujer. Nunca se puede estar seguro de nada, pero apostaría a que no.

Dicen los expertos que, en los desfiles de moda, la ropa que llevan las modelos no es la que sus diseñadores pretenden que la gente lleve por la calle (poca gente lo haría) sino que sólo muestra la tendencia de lo que se va a llevar. Quizá nuestra joven ministra estaba actuando como si fuera una diseñadora y quería mostrar una tendencia. ¿Cuál? Eso ya es más difícil de saber, pero, antes de opinar, y para encuadrar bien todas las opiniones, a mi me gustaría que la ministra diera también su soporte a unas palabras que, hasta donde yo sé, no existen: machisto y feministo, asociadas, por supuesto, a otras dos inexistentes: la machisma y la feminisma. Porque hay de todo en la viña del señor, y así debe ser.

¡Aleluyo!