sábado, 29 de noviembre de 2008

Artículo. Héroes y villanos

En este país en el que vivimos resulta difícil saber qué es lo que hay que hacer para convertirse en un héroe, pero parece que el camino más fácil y corto sea convertirse en un delincuente, dados los ejemplos que últimamente abundan.
No, no voy a hablar de Franco, aunque fuera un paradigma de lo que digo: un malhechor que se levantó en armas contra la legalidad establecida, al que sin embargo muchos consideran un héroe. Si un poderoso juez no ha sido capaz de convencer a la justicia para que se interese por ello, ¿qué voy a hacer yo con mi pobre blog?
Para coger un poco de bagaje histórico nos iremos a una figura más reciente y modesta: el famoso Dioni. El tipo, cuyos méritos son ser bizco y haberse escapado tras robar una furgoneta con dinero de su empresa, hace años que se pasea por diversos programas de televisión y es mencionado por numerosas figuras del medio (Buenafuente y Pablo Motos entre ellos), siempre con tanta admiración y cariño que, quienes no conozcan su historia, pensarán que se están refiriendo a alguien que ha rescatado a un niño de morir ahogado o al último ejemplar de lince ibérico de ser cazado por algún desaprensivo.
Ni que decir tiene que el dinero que el Dioni robó, nunca se recuperó. O sea, que se quedó con el botín, o sea, que sigue siendo un delincuente.
Por orden de aparición en la historia criminal, vendría después el famoso Luis Roldán. Impresionante personaje, debo reconocerlo. Alguien que es capaz de conseguir un alto cargo en un gobieno socialista, aparentando tener una carrera que nunca tuvo, ya tiene su mérito. Claro que, para ser un alto cargo, no deben de ser necesarias las famosas fotocopias compulsadas que nos piden a los demás, porque supongo que quedaría mal: se busca Director General de la Guardia Civil, envíenos su currículum, no olvide las fotocopias compulsadas de sus títulos y ya le avisaremos.
No me viene a la memoria quién lo fichó y no quiero dármelas de superlisto, pero recuerdo que, en el glorioso año de 1992, yo colaboraba en la pruebas hípicas de los juegos olímpicos de Barcelona. Unas de ellas se celebraban en el Montañá, una zona boscosa a unos cuarenta kilómetros de la ciudad, adonde un día acudió Roldán en helicóptero. Recuerdo verlo descender, con su aspecto cazurro, su traje color crema y sus andares de engatusador de feria o de guardaespaldas de mafioso y que pensé ¿este hombre es el Director General de la Guardia Civil? Lo era, pero puedo asegurar que yo, que soy un prejuicioso de cuidado, jamás lo hubiera nombrado. En fin, ya sé que es fácil ser profeta del pasado, pero es lo que sentí en aquel momento.
Luego, ya lo sabemos, se descubrió que robaba y el tipo montó un película de espías con gabardina y país exótico incluidos. Finalmente fue detenido, pasó unos años en la cárcel... y nunca devolvió el dinero que había robado. Ahora aparece en una cadena de televisión, explicando lo que le da la gana, disponiendo de una tribuna envidiable para cualquieer chorizo de poca monta y, por desgracia, de un montón de público que, quién sabe, puede llegar a pensar que el delincuente es un héroe, que supo enfrentarse al Estado y ganar... como ya hiciera Franco.
Y la cosa (como debe de tener audiencia, que es lo único que cuenta) parece haberse puesto de moda, porque anoche el personaje entrevistado fue otro delincuente: Julián Muñoz que, por lo que he leído en el periódico, no se considera un alcalde corrupto porque el juez todavía no lo ha determinado. Impecable razonamiento: ¿si hubiera asesinado a alguien no se consideraría un asesino hasta que el juez lo determinara? Los demás no debemos considerarlo como tal hasta que haya una sentencia, pero ¿él mismo no sabe si es o no un chorizo?
Muñoz ha dispuesto también de su plataforma mediática (como se dice ahora) para que los televidentes le cojan cariño, para que les dé pena su historia de enamorado de la tonadillera que parece haberle vuelto la espalda, ahora que él, víctima de un gran injusticia, más la necesita; para poder afirmar que Jesús Gil (este daría para varios libros) fue el mejor alcalde deMarbella; para poder decir que "no tengo ni una sola condena que diga que me he quedado con un solo euro de Marbella"; para ridiculizar, en fin, al Estado y la justicia.
Y, para acabar por hoy, no quiero dejar de mencionar al Farruquito (lo hago siempre que puedo). Este pedazo de artista tuvo la mala suerte de confundir los pedales de su coche (claro, el pobre no tenía carné, ¡cómo no iba confundirlos!), atropellar a un peatón (que murió), escapar a toda velocidad y tratar de colgarle el muerto (propiamente dicho) a su hermano, menor de edad.
Cuando fue descubierto y llevado a juicio, sus abogados hicieron cuanto pudieron para rebajar la indemnización a su viuda y para enviar a la cárcel a un periodista, acusándolo de haber insultado al gran artista. Mientras tanto, el pedazo de artista se hizo la víctima; su novia salía por la tele, llorando desconsolada... no por la muerte del peatón sino por lo mal que lo estaba pasando su pedazo de novio; su madre era entrevistada en las revistas y decía que sufría mucho... no por el muerto sino porque le estaban destrozando la vida a su pedazo de hjo.
Y el pedazo de hijo-novio-artista montó un bodorrio que ni la duquesa y siguió dando conciertos, con más público que antes, cuando pocos conocían su arte: el de bailar, no el de atropellar, con el que, finalmente, se ha hecho famoso y ha alcanzado la honra de ser otro héroe nacional.
A su lado, ver a un Mario Conde envejecido, viudo, triste y espiritual me hace entrar ganas de montar un plataforma de apoyo a su candidatura al premio Nobel de la Paz.
Si ustedes me dan su apoyo económico para tan loable fin y yo me quedo con su dinero, ¿comprarán mis novelas que, entonces sí, encontrarán fácilmene un editor que las publique?)
Así lo espero. Ahora mismo voy a poneme a ello.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Artículo. Can we?

Obama ha ganado las elecciones en los Estados Unidos. Es una noticia excelente, que muchos esperábamos, hartos por una parte del discurso rambopublicano utilizado por su contrincante y encandilados con la impecable presencia del electo.
Y no me refiero sólo a su elegancia en el vestir o en las formas, a esa maravillosa forma que tiene de andar en mangas de camisa o enfundado en su habitual traje negro con corbatas de nudos perfectos (¿dónde aprenderán los estadounidenses a anudarse tan bien las corbatas? ¡Hasta los nudos de Bush son envidiables!), sino a su elegancia en el discurso, en sus eslóganes, en su impecable carrera, en su impecable vida.
Porque, hoy en día, una vida impecable es esa que reúne en sí misma el famoso melting pot americano, que, hoy por fin, llega al poder. Obama, nacido en una isla lejana, hijo de padre africano y madre americana que se divorciaron. Muerto él en accidente de coche, muerta ella de cáncer. Criado por su abuela en Chicago, estudiante en Harvard, casado con una brillante profesional, padre de dos guapas niñas, guapo él a su vez, inteligente, gran orador, carismático.
Además, cuenta con el apoyo del mundo entero. En plena campaña electoral fue recibido en Europa como si ya fuera el presidente y aclamado en Berlín por más gente de la que acude a un concierto de rock.
Lo tiene todo. Tiene tanto que, por momentos, parece un héroe de ficción, no un supermán sino uno de esos personajes íntegros que hubiera podido protagonizar James Stewart si hubiera sido negro y estuviera vivo y que no podrá protagonizar Denzel Washington porque Obama le ha robado el papel de su vida.
Y esa es la principal inquietud que podemos sentir ante el personaje, que no sea más que un gran actor con un excelente guión, porque da la impresión de que hacía ya meses que el mundo sabía que Obama sería el próximo presidente de los Estados Unidos.
La rudeza de la política americana durante los últimos ocho años ha sido tal que todo ha chirriado demasiado, haciendo que todos nos diéramos cuenta de que la maquinaria estaba herrumbrosa, tanto que ha acabado casi casi por pararse. Por ello, se necesitaba un buen tres en uno, alguien que engrasara de nuevo la maquinaria para que todo volviera a funcionar sin ruidos ni rozaduras, para que podamos sentirnos cómodos mientras seguimos haciendo girar los engranajes.
Claro que habrá cambio. Tiene que haberlo si no queremos cargárnoslo todo. El new deal, que tanto se menciona ahora, sirvió para que el capitalismo avanzara como nunca antes lo había hecho: con más inteligencia, haciendo que el progreso fuera general, haciendo que todos obtuviéraos una parte del pastel, aunque la de unos fuera infinitsimal y la de otros enorme, pero todos recibían algo. Esa es la clave: si sabes que vas a recibir algo, te esfuerzas en hacer girar los engranajes, en caso contrario puede que prefieras destruirlos.
Can we? Yes, of course, because we must change. Obama se encargará. Desde hoy cuenta ya con el apoyo de muchos millones de personas que le apoyarán y perdonarán que no lleve a cabo todo cuanto ha prometido, porque no podrá hacerlo. Pero hará lo suficiente. Dentro de ocho años (sí, ocho, dentro de cuatro será reelegido) quizá veamos a Sarah Palin en la Casa Blanca, porque será el momento de recoger los frutos.
Hasta entonces, carpe diem.

lunes, 11 de agosto de 2008

Artículo. Noticias olímpicas

Este mes de Agosto los periodistas que no están de vacaciones no se pueden quejar: tienen noticias más que suficientes para llenar sus periódicos o telediarios.

Prescindiremos de la enésima guerra entre territorios de la antigua Unión Soviética, cuyos muertos ya no llaman mucho la atención, y que le ha servido a Sarkozy para intentar una vez más ser el protagonista de los noticieros, algo también bastante habitual. También dejaremos a un lado el empeño de los medios de comunicación españoles de explicar con todo lujo de detalles cada agresión a una mujer que se produce en España, cosa que, más que desanimar a posibles futuros agresores, parece alentarles y darles ideas, a ellos, que disponen de pocas: ¡vaya! puedo clavarle la navaja, todo el mundo lo hace.


Así que, vamos a centrarnos en lo importante, en lo sobresaliente: las olimpiadas de Pekin (o Beijing, no sé), ya sea por lo puramente deportivo o por cuanto de otra índole se mueve a su alrededor, que siempre es mucho, y numerosos ejemplos hemos tenido a propósito de algunas cosas que pasan en China, como el autoritarismo que no cesa, la falta de respeto a los derechos humanos, que tampoco, o la situación del Tíbet, que da mucho juego a los intereses más variados.

En lo deportivo y, aunque faltan aún muchos días para que terminen los juegos, ya ha sido proclamado el héroe oficial. No es otro que el extraterrestre Phelps (el de la natación, ¿lo pillan?): un deportista completo del que es uno de los deportes más completos y que procede de un país también completo; no se puede pedir más. Incluso con polémica, que es lo mejor que puede pasrle a alguien para que hablen de él.
Los españoles, por su parte, recurren al de siempre (Nadal), a heroicidades (los esforzados de la ruta o el espadachín desconocido) o se quedan, también como siempre, a las puertas: por unos segundos, por unos puntitos o por un resfriado nunca acabamos de llegar; una pena.

Pero todo ello parece quedar en segundo plano ante la gran noticia de los juegos: la foto del equipo español de baloncesto estirándose los ojos para simular el aspecto de los chinos. ¡Qué gran pecado! ¡Qué tremendo atentado contra la humanidad! Afortunadamente, así se lo han hecho ver los periódicos ingleses, que han sembrado la idea de que este gesto puede hundir la candidatura de Madrid a los Juegos de 2016, o los de Los Angeles, que han exigido a Pau Gasol que se disculpe por ese acto de insulto a los chinos; lo cual no deja de ser chocante proveniendo de los países responsables del destrozo de Irak y de la muerte de millones de iraquíes, algo que, por cierto, no ha resultado un impedimento para que Londres sea la sede de los juegos de 2012, en la que seguro que los iraquíes estarían muy contentos de poder participar, incluso aunque la selección española se mofara de ellos fotografiándose con turbantes.

domingo, 20 de julio de 2008

Artículo. Articulista anarquista

Alpinista masoquista, astronauta abstencionista, ascensorista abolicionista, anestesista apóstata, acupunturista activista, acuarelista alarmista, alfombrista alópata, futbolista ludópata, trapecista baptista...

¿Me estoy refiriendo a hombres o a mujeres? Todas son palabras terminadas en a y, por el momento, no he oído de ninguna asociación de hombres que reivindique la creación de sus correspondientes masculinas, o sea, terminadas en o: alpinisto, astronauto, anarquisto. Suenan mal, como cuando alguien dice palabro para referirse a una expresión extraña; sin duda serían extrañas, porque no estaríamos acostumbrados a ellas. Hay cientos, miles quizá. Hoy en día, con internet, todo es muy fácil, sólo tienen que teclear diccionario inverso en su buscador preferido escoger cualquiera y solicitar que les muestre las palabras terminadas en a. No se las acabarán. Algunas de ellas les chocarán, porque puede que nunca antes se hubieran dado cuenta de que existen tantas palabras con terminación presuntamente femenina que se utilizan también para referirse a hombres, sin que hasta ahora les hayan llamado la atención.

No sé si la palabra miembro tiene una connotación masculina. Es cierto que se usa muy masculinamente cuando alguien se refiere al miembro viril. Tal vez sea por eso. De hecho, el Diccionario de la Real Academia, en su segunda acepción, lo recoge así y la hace equivaler a pene. Es, ciertamente, una correlación bastante masculina, aunque no imagino que la propuesta de miembra sirviera para denominar la vagina de la mujer. Nunca se puede estar seguro de nada, pero apostaría a que no.

Dicen los expertos que, en los desfiles de moda, la ropa que llevan las modelos no es la que sus diseñadores pretenden que la gente lleve por la calle (poca gente lo haría) sino que sólo muestra la tendencia de lo que se va a llevar. Quizá nuestra joven ministra estaba actuando como si fuera una diseñadora y quería mostrar una tendencia. ¿Cuál? Eso ya es más difícil de saber, pero, antes de opinar, y para encuadrar bien todas las opiniones, a mi me gustaría que la ministra diera también su soporte a unas palabras que, hasta donde yo sé, no existen: machisto y feministo, asociadas, por supuesto, a otras dos inexistentes: la machisma y la feminisma. Porque hay de todo en la viña del señor, y así debe ser.

¡Aleluyo!

domingo, 22 de junio de 2008

Artículo. El nuevo PP

Es justo reconocerlo: el Partido Popular lo ha hecho muy bien. Durante meses ha sabido ocupar las portadas de los periódicos, presidir los sumarios de los telediarios y ser el tema principal en las tertulias de la radio. Lo ha conseguido de una forma un tanto heterodoxa (aireando sus presuntas diferencias), pero muy efectiva.
Por un lado han conseguido que nos familiaricemos con unos nombres que hasta ahora nos eran plenamente desconocidos: María Dolores de Cospedal y Esteban González Pons entre los vencedores, o Ignacio González y Carlos Aragonés, entre los vencidos, han aparecido escritos o han sido nombrados a todas horas en los principales medios de comunicación. Ya conocidos, pero ahora claramente identificados en el bando correspondiente, han quedado Alberto Ruiz-Gallardón o Javier Arenas, en el de los ganadores, y Esperanza Aguirre o María San Gil, en el de los perdedores. Todos ellos han ocupado más tiempo en las noticias que ministros y leyes del actual gobierno recién estrenado.
Pero, sobre todo, lo que mejor han hecho ha sido transmitir a la sociedad la noticia de que han ganado los buenos. El Partido Popular era un partido que había perdido las elecciones por crear crispación, apoyar una guerra inhumana que sólo defienden quienes sacan tajada de ella, desviar la atención de la realidad hacia peregrinas teorías conspirativas islámico-etarra-socialistas, acusar sin motivo (que algo queda) y un sinfín más de prácticas marrulleras (bloqueo de la justicia, constantes recursos al Tribunal Constitucional, etc.) que finalmente les llevaron al aislamiento entre los partidos y, quizá, a perder apoyo entre los votantes.
Y ¿por qué era así el Partido Popular? Pues porque estaba en manos de los malos, cuya delantera titular era: Aznar, Aguirre, Acebes, Zaplana y Mayor Oreja. Pero ahora todo eso ha cambiado, nos dicen. Ahora ha llegado sangre nueva, joven, renovada y renovadora: han ascendido al primer equipo a Soraya Sáenz de Santamaría, María Dolores de Cospedal y Esteban González Pons, tres jóvenes promesas de la cantera.
Con ellos, al parecer, todo va a ser distinto. No importa que el entrenador siga siendo el mismo: Mariano Rajoy; ni que le flanqueen el fundador Fraga y el honorario Aznar. Tampoco hemos de fijarnos en que siguen en la alineación titular Mayor Oreja, Trillo (que, si él o su partido tuvieran un mínimo de dignidad, debería hacer tiempo que no ocupara ningún cargo de responsabilidad en ninguna parte), Montoro, Pastor o Arenas. Todos ellos ministros con Aznar. ¿Y qué decir de la gran perdedora, Aguirre, que sigue siendo la virreina en Madrid?
¿Qué ha cambiado entonces en el Partido Popular? Bueno, seguramente resultará más agradable ver y escuchar a una mujer llorosamente simpática, como María Dolores de Cospedal, que al cenizo y circunspecto Acebes, y tal vez sean más presentables las chulescas maneras de primera de la clase de Soraya Saénz de Santamaría que las chulescas de ligón de playa de Eduardo Zaplana, pero poco más, porque la esencia, como la mayoría de las personas de su cúpula, parece destinada a seguir igual: sostener siempre su verdad, aunque contradiga la realidad, porque saben que, al final, la insistencia y la machaconería producen los resultados esperados: mucha gente acaba por creer que lo que más oye (ni siquiera es necesario escuchar) es la verdad. Como esa que nos contado hasta la saciedad este fin de semana: que Rajoy, por fin, se ha deshecho del aznarismo, que el PP es un partido nuevo.

sábado, 24 de mayo de 2008

Relato. Benchmarking

Carlos trabajaba como informático en una agencia de viajes. Se encargaba de que todos los ordenadores de la oficina funcionaran como es debido, de actualizar las versiones de sus programas y de mantener la web de la agencia, un medio que cada vez tenía más protagonismo y que estaba empezando a crear un cierto malestar entre sus compañeros, temerosos de que Internet acabara con sus empleos. Además, desde hacía poco, le habían encomendado también la tarea de navegar por la red para buscar productos de la competencia y copiarlos si a sus jefes les parecían buenos. Ellos lo llamaban hacer benchmarking y lo consideraban algo novedoso e importante para la buena marcha del negocio y Carlos se lo pasaba bien buscando destinos cuanto más desconocidos y arriesgados mejor y adaptándolos después para colgarlos en la página de su empresa.
La agencia estaba situada en un buen barrio y, con la creciente moda de viajar al extranjero por vacaciones, había ido prosperando, lo que había permitido a sus dueños trasladarla, desde el minúsculo e irregular local en el que estaba, a uno mucho más amplio, en una calle mejor y con unos cuantos metros más de fachada a la calle. Con el cambio, Carlos había pasado de tener su mesa en un altillo ciego y aislado (el lugar del informático, lo llamaban todos) a ocupar un sitio junto a un amplio ventanal, con cristales de arriba abajo, de los que permiten ver desde el interior pero que desde el exterior casi parecen espejos. Algo que había sido muy comentado por sus compañeros y considerado un premio y una buena colocación hacia un ascenso.
El horario de Carlos era distinto al del resto de los empleados de la agencia. Él tenía que llegar a las ocho, conectar los ordenadores y revisar que todo estuviera a punto para que, cuando llegaran sus compañeros, a eso de las nueve, pudieran empezar a trabajar de inmediato, sin demoras. Si no había versiones que actualizar ni problemas que arreglar, este trabajo no le llevaba más que un cuarto de hora, puesto que sólo había diez ordenadores en la oficina, de modo que solía disponer de cerca de cuarenta y cinco minutos de tranquilidad hasta que aquello se llenaba de empleados, teléfonos sonando, tontas urgencias técnicas que atender y clientes gritones que se emocionaban como niños ante la perspectiva de tumbarse en una playa con palmeras y una piña colada en la mano. Por eso, sus jefes, sabedores de que su cantidad de trabajo era irregular e inversamente proporcional a la existencia de problemas informáticos, le habían encargado el benchmarking, que era su principal ocupación durante esos minutos ociosos.
Cuando el director y la subdirectora llegaban, algo más tarde que los demás, puesto que también eran siempre los últimos en salir, Carlos tenía la obligación de entregarles tres paquetes de viajes de la competencia que ellos no tuvieran en su catálogo. Si les parecían interesantes, él cumplía sus objetivos y obtenía un sobresueldo mensual. Era un buen trato, pues si algún día encontraba más de tres, podía acumularlos para días posteriores, y eso resultaba habitual, porque estaban en primavera y todas las agencias se dedicaban a programar nuevos destinos e inventar nuevas actividades para el verano. Sus webs echaban chispas de tantas novedades como aparecían: en un rato bien aprovechado, Carlos podía obtener las direcciones de una decena de viajes que su agencia no tenía.
El traslado al nuevo local se hizo durante un fin de semana, para no perder ningún día de actividad, y el lunes Carlos madrugó un poco más, para llegar temprano a la agencia y comprobar que todos los ordenadores estuvieran bien instalados y funcionaran a la perfección. La empresa de mudanzas había hecho un buen trabajo y, a las ocho de la mañana, ya lo tenia todo a punto y pocas ganas de buscar destinos exóticos que ofrecer a sus jefes, porque tenía un sobrante de lo que había encontrado la semana anterior: islas paradisíacas, desiertos inhóspitos, animales en peligro de extinción o países en guerra; la variedad era enorme y Carlos se sorprendía de que hubiera gente para la que visitar uno de esos sitios significara cumplir un sueño. Él, que se contentaba con pasar unos cuantos días en su pueblo natal que, eso sí, tenía playa y la suficiente cantidad de turistas como para pasarlo bien durante el verano.
Así pues, una vez lo tuvo todo revisado, dejó sobre la mesa de la subdirectora tres folletos que prometían experiencias apasionantes y únicas en Laos y Vietnam, sacó un café de la máquina y se sentó en su flamante nuevo puesto de trabajo con vistas a la calle. Todo un lujo, pues nunca antes había disfrutado de ese privilegio ni, sobre todo, de la extraña sensación que le producía ver sin apenas ser visto. Al rato de estar allí sentado, sorbiendo poco a poco un café, que siempre salía demasiado caliente y tenia que beber muy despacito, estaba ya embelesado contemplando lo que hacían los que pasaban por la calle, quienes, pensando que nadie les veía, se contemplaban en el espejo con naturalidad, dando los últimos retoques a su aspecto, ya fuera recién salidos de casa o a punto de llegar a sus lugares de trabajo.
Pasó un hombre joven, de unos treinta años, con el pelo repeinado y un nudo de corbata flojo y, en opinión de Carlos, demasiado grueso, a quien, sin embargo, su propio aspecto debió de gustarle, ya que sonrió con suficiencia y continuó su camino bien estirado. Pasaron dos chicas adolescentes, que se miraron juntas, se tocaron el pelo mutuamente, rieron, dijeron algo que Carlos no oyó, y siguieron andando sin dejar de reír. Pasó un hombre mayor (demasiado mayor para seguir trabajando, pensó Carlos), con un traje gris y un maletín rígido anticuados, que ni siquiera se miró al espejo que la agencia ofrecía gratis porque, supuso, conocía bien su aspecto, que no había cambiado en años, salvo en que había envejecido, y eso no era algo agradable de contemplar.
Pasó gente que no le llamó la atención, y personas a las que ignoró porque estaba mirando a otras, hasta que pasó una que eclipsó a todas las demás: una mujer de unos treinta y cinco años, diez más que él, pero cuyos estilo y figura le resultaron tan atractivos que estuvo mirándola hasta que desapareció de su vista, al doblar la esquina en la siguiente calle. Quedó tan fascinado por ella que miró enseguida su reloj, para ver la hora exacta y recordar así que a las ocho y cuarenta y dos minutos en punto tenía que estar cada día pendiente de la ventana, para no perderse el paso de aquella maravilla de la naturaleza que, al igual que el hombre mayor, no se había mirado al espejo, pero por motivos bien distintos, supuso: ella podía estar tan segura de sí misma que no necesitaba hacerlo, porque sabía que su aspecto era perfecto. Al menos eso es lo que pensó Carlos tras verla desfilar (más que andar) tan sólo a escasos dos metros de donde él estaba sentado: alta, estilizada, impresionantemente elegante con su vestido rojo y su chaqueta negra sobre la que caía una ondulada melena castaña que se movía con una cadencia tan sensual como no había visto antes.
Al día siguiente Carlos siguió mirando por la ventana con tranquilidad, porque todavía tenía benchmarking de sobra para la semana y ya había dejado sobre la mesa de la subdirectora las más excitantes aventuras en los más remotos desiertos asiáticos. Mientras se tomaba el café, no faltaron ni el joven del nudo grande, ni las adolescentes que comparaban sus peinados ni el hombre en edad de jubilación y, además, aparecieron nuevos personajes: la muchacha sudamericana que acarreaba la pesada la mochila de un niño revestido de marcas, la pareja que había pasado una de sus primeras noches junta y no paraba de darse besos y mirarse con ternura o el chico que paseaba con desgana a un perro viejo, que seguramente le habían regalado cuando era un niño y que ahora no sólo ya no le ilusionaba sino que se había convertido en una molestia que le hacía madrugar más de la cuenta.
Y, claro, volvió a aparecer ella: con su paso rápido y decidido, su cabeza alta y su pelo danzarín, vestida aquel martes con un traje de chaqueta a rayas, toda elegancia de nuevo. Otra vez desfiló sin girar la cabeza hacia la agencia ni un segundo, siempre con la mirada al frente, a por un mundo que era suyo, sin necesitar ayuda de nada ni de nadie, ni siquiera de la aprobación de Carlos, que se la hubiera dado con gusto.
El miércoles pasó algo semejante y el jueves también. Como ella era muy puntual y siempre desfilaba junto al ventanal a las mismas ocho y cuarenta y dos minutos, el viernes Carlos ya no pudo más y a las ocho y cuarenta salió a la calle, para esperarla y verla venir de frente, al natural. Allí permaneció hasta las ocho cincuenta, pero ella no pasó. Regresó, frustrado, a su puesto de trabajo y aún estuvo un buen rato mirando fijamente a través de la ventana, por si aquel día, por lo que fuera, se hubiera retrasado; pero su admirada mujer no dio señales de vida.
El lunes siguiente, a la hora esperada, ella volvió a pasar, como si el viernes nada hubiera ocurrido, como si no hubiera faltado a su cita. Atractiva y elegante igual que siempre, esta vez con un vestido blanco y una chaqueta roja, más veraniega que la semana anterior, dejó que Carlos la contemplara a aquella hora temprana, hasta que dobló la esquina y se perdió. Entonces Carlos se levantó y salió corriendo tras ella, pasó frente a su propio ventanal, sin mirarse, giró a la derecha, por donde ella lo había hecho, y estuvo a punto de chocar contra el niño revestido de marcas al que acompañaba la joven sudamericana, pero no vio ni rastro de la mujer que él quería encontrar. La muchacha sudamericana le recriminó su actitud, le dijo que ella era la responsable de que el niño llegara sano y salvo al colegio y que, si un salvaje lo atropellaba, ella se iba a quedar sin un trabajo que necesitaba para poder mandar dinero a su país, donde las cosas estaban muy mal y sus padres lo necesitaban. Abochornado, Carlos pidió perdón y regresó cabizbajo a su oficina, donde Ana, la única compañera que ya había llegado, le miró con asombro y le preguntó si se había vuelto loco.
Le sonrió forzadamente y no le contestó, pero pensó que, si bien no se había vuelto loco, tenía que reconocer que, al menos momentáneamente, lo estaba; por aquella aparición matutina que, dado que cada vez que se intentaba aproximar a ella se esfumaba, ya empezaba a parecerle tan irreal como los paraísos que prometían los folletos; folletos que, en aquel momento se dio cuenta, aquella mañana no había dejado sobre la mesa de la subdirectora.
El martes se dijo que tenía que dejar de mirar a la calle entre las ocho y cuarenta y las ocho y cuarenta y cinco, no quería verla pasar de nuevo, no creía en fantasmas y no quería quedar a merced de ellos. Optó por retrasar la hora de tomar su café y se dirigió hacia la máquina cuando el reloj marcaba el inicio del período prohibido. La máquina estaba al fondo del local, en una salita sin ventanas que había junto a los servicios, lejos de los ventanales, más o menos como él estaba antes del traslado. Allí se encontró con Ana, que volvió a preguntarle qué le había sucedido el día anterior. Carlos seguía sin saber qué contestar y optó por la mentira fácil: le dijo que había salido corriendo porque le había parecido reconocer a alguien, pero que se había equivocado. Ella le preguntó si no sería aquella mujer tan elegante del vestido blanco a la que había estado siguiendo con la mirada, embobado. Como respuesta, Carlos le mostró a su compañera un enrojecimiento hasta las orejas que desmintió su negativa verbal. Ana, mirándolo fijamente a los ojos, le dijo que no se preocupara, que todos teníamos amores imposibles, ella también, por supuesto, con George Clooney, what else? Y que había que saber distinguir entre ellos y los posibles, que a veces estaban más cerca de lo que uno imaginaba; tanto que quizá pasaban desapercibidos, por lo que había que estar atento, para no perderlos. Justo en aquel momento, aunque todavía eran las nueve menos diez, la subdirectora entró en la oficina y los vio. Inmediatamente ellos regresaron a sus puestos de trabajo, como si los hubieran pillado haciendo algo malo.
Entre unas cosas y otras, aquel martes Carlos tampoco había hecho su tarea de benchmarking y la subdirectora lo llamó a su despacho a las nueve y cinco. ¿Qué pasaba que cada día de la semana anterior había preparado puntualmente sus folletos y aquella semana no le había entregado ni uno todavía? Las excusas de Carlos no tuvieron mucho de original pero, como las utilizaba por primera vez, surgieron efecto: algún problema en los ordenadores, que le había dejado menos tiempo para buscar; y más dificultad en encontrar propuestas interesantes, porque cada vez quedaban menos que no hubieran incorporado ya a su catálogo.
La subdirectora se levantó de su sillón, se colocó tras la silla en la que estaba sentado Carlos, apoyó sus manos en los hombros de él y le preguntó si no andaría enamorado y, por lo tanto, un poco despistado. Carlos enrojeció de nuevo y dijo que no, que para nada, y la subdirectora le dijo que eso estaba bien, porque a veces los hombres se enamoran de chicas jóvenes que tienen la cabeza a pájaros y que, en cambio, ignoran a las que les llevan algunos años y pueden enseñarles unas cuantas cosas que ellos todavía ignoran. Luego le invitó a un café que él, aunque acababa de tomar uno, aceptó.
Estuvieron unos cinco minutos junto a la máquina, durante los cuales la subdirectora le contó que estaba un poco saturada de tanto trabajo, que no le quedaba tiempo para vivir y que eso no era bueno, que tal vez estaría bien organizar una salida con algunos de los compañeros, no todos, por supuesto, sólo lo que nos caigan bien, añadió, guiñándole un ojo. Entonces llegó el director y Carlos y la subdirectora se dirigieron enseguida hacia sus lugares, él otra vez como si hubiera hecho algo malo, y ella con cara seria, como si hubiera estado tratando algún asunto importante, pero el director la llamó mientras ella iba camino de su despacho y ambos entraron en el de él y cerraron la puerta.
En cuanto Carlos hubo regresado a su mesa, se le acercó Enrique, otro de sus compañeros, que tendría unos cuarenta años y llevaba más de diez trabajando en la agencia: quería saber de qué había estado hablando con la subdirectora. Carlos le dijo que de los folletos, pero Enrique se mostró extrañado de que hubieran hablado de eso mientras tomaban café, porque a ella le gustaba mantener las distancias y no solía confraternizar con los empleados, y que si no había nada más que él quisiera explicarle sobre la conversación. Carlos insistió en que sólo habían hablado de los folletos y Enrique le dijo que mejor así, que no se hiciera ilusiones, porque ella debía de ser diez años mayor que él y que, si a las mujeres no les gustan los de su misma edad, porque les parecen niños, ya podía irse imaginando él lo que pensaban sobre los que todavía lo son y creen tener alguna oportunidad invitándolas a café. Carlos no le dijo que el invitado había sido él, le contestó que no se hacía ilusiones de ningún tipo porque nada pretendía, pero que de todas formas le agradecía el consejo, viniendo de una persona mucho más vivida que él. Entonces Enrique le preguntó que, si por casualidad, la subdirectora no le había dicho tampoco nada de ascensos. Carlos volvió a negar que hubieran tratado de otras cosa que no fueran los folletos y cómo organizarlos en la web, y Enrique aprovechó para repetir el consejo, aunque esta vez aplicado al mundo laboral. Carlos se lo agradeció de nuevo y regresaron a sus mesas.
Al rato, el director, que había terminado su corta reunión con la subdirectora y había salido de su despacho a tiempo de ver cómo Enrique y Carlos terminaban la suya, se acercó también a la mesa de éste y le invitó a otro café, al que tampoco se pudo negar, viniendo la invitación de quien venía. Ante la máquina, el director le advirtió acerca de Enrique, una persona amargada por no haber podido ascender en la empresa y capaz de levantar falsos testimonios contra la dirección por el simple hecho de no formar parte de ella. Luego le dijo que sabía que él, en cambio, estaba haciendo muy bien su trabajo, tanto el de informático como el novedoso del benchmarking, que era algo delicado que no hubiera podido encargar a cualquiera. Que siguiera así, dedicándose a lo suyo, y que no prestara oídos a los cizañeros que siempre hay en una oficina y que no buscan más que estropear el buen ambiente que la dirección intenta crear. Que, continuando por el buen camino, su esfuerzo se vería, más pronto que tarde, recompensado.
Eran las diez de la mañana y Carlos se había tomado ya tres cafés, de modo que cuando Isabel, que se sentaba en la mesa de al lado, le preguntó si quería tomar uno, él contestó que no, que ya había tomado muchos y que uno más le sentaría mal. Entonces Isabel le dijo que, claro, como no era el director ni la subdirectora sino una simple compañera, él no quería saber nada de ella, porque sólo le interesaba hacerles la pelota a los jefes, a ver si caía algún premio en la próxima lotería de ascensos. Carlos insistió en que era verdad que ya había tomado tres cafés en apenas hora y media, pero que si quería la acompañaría hasta la máquina y se bebería un vaso de agua mientras ella se lo tomaba. Isabel le replicó que sólo había tomado dos, nada menos que con el director y la subdirectora, que lo había visto muy bien con sus propios ojos, pero Carlos le explicó que, a primera hora, antes de que ella llegara, ya había tomado uno con Ana, que se lo preguntara a ella si quería. Entonces Isabel se puso hecha una furia y le dijo que se anduviera con cuidado con Ana, porque, con esa pinta de mosquita muerta que tenía, embaucaba a todos los hombres que se cruzaban en su camino, y que lo mejor que podía hacer era ignorarla si no quería verse utilizado y después tirado a la cuneta. Luego le dijo que ya no le apetecía para nada el café, dio media vuelta y regresó a su mesa.
La mosquita muerta no tardó ni dos minutos en acercarse a la de Carlos, a preguntarle si tenía algo con Isabel y si habían hablado mal de ella, porque los había visto cuchicheando y mirándola y eso siempre era señal de hablar mal de aquella persona a la que se mira. Carlos le dijo que no, que sólo la había mencionado porque Isabel le había ofrecido un café y él le había dicho que ya había tomado uno con Ana, o sea, con ella. Y ella le dijo que no se fiara ni un pelo de Isabel, porque era una envidiosa capaz de sacarle los ojos a alguien si no le prestaba la atención que ella reclamaba; que en cuestión de cuatro meses había tenido cuatro novios, porque no había quien la aguantara, y que esperaba que él no fuera tan tonto de enredarse en su tela de araña venenosa; vamos, que no fuera tan estúpido de quedarse con la peor, habiendo oportunidades mucho mejores a su vista y alcance. Luego dibujó una amplia sonrisa, le propuso comer juntos y él, sin pensárselo ni un instante, aceptó.
Con tantos cafés y tanta conversación, a Carlos le entraron unas tremendas ganas de mear, de modo que se levantó y se dirigió a los servicios. Estaba orinando en el mingitorio cuando alguien se acercó por detrás, le empujó por la espalda y casi le hizo golpearse la cabeza contra la pared y mojarse los pantalones con la pérdida del equilibrio. Se giró y vio a Ricardo, otro de sus compañeros, aficionado a los gimnasios y experto en Estados Unidos y Canadá, un destino de moda por la subida del euro, que le estaba propulsando a él también a la gloria dentro de la oficina, dados los muchos clientes que conseguía. Carlos sonrió sin ganas por lo que consideró una broma de dudoso gusto y protestó por el empujón, porque podría haberse hecho daño. Pero Ricardo lo miró fijamente, le puso la mano en el hombro y le dijo que aquello no había sido nada comparado con lo que le pasaría si no dejaba de atosigar a Ana. Carlos intentó explicarle que él no había atosigado a nadie, que simplemente habían quedado para comer, a petición de ella. Entonces Ricardo le dijo que no se confundiera, que era él quien iría a comer con ella, tal como hacían siempre, y que pobre de Carlos si osaba interponerse. Y que, por su propio bien, procurara encontrar una buena y creíble excusa que contarle a Ana, le recomendó, antes de dar media vuelta y entrar en el recinto cerrado donde estaba el váter.
Cuando Carlos regresaba a su puesto de trabajo, pálido y algo tembloroso, creyó que el susto le había alterado la percepción, porque se topó de frente con ella, con la mujer elegante, con su aparición matutina, que acababa de entrar en la agencia y, sin saber hacia dónde dirigirse, se había encaminado hacia la única persona que había visto de pie. Le pareció más alta que las veces que la había visto desfilar junto a su ventana, incluso un poco desgarbada, como con cierta falta de equilibrio. Ella le preguntó que quién podía atenderla y su voz le sonó extraña, como de hombre. Carlos pensó que quizá se tratara de un transexual. Trató de sobreponerse a tantas impresiones como llevaba encima aquella mañana y le preguntó a su vez qué destino le interesaba. Ella contestó que la Manga del Mar Menor y Carlos no dudó en señalarle la mesa de Ricardo, vacía, porque él todavía no había regresado de los servicios, y le dijo que se sentará allí, que enseguida la atendería el compañero especialista en playas del Mediterráneo. Pero ella se preguntaba por qué no podía atenderle él, que estaba allí y no parecía estar ocupado. Porque él era el informático, no un comercial, alegó Carlos. A ella no le importaba, los informáticos le gustaban, tenían un punto de locura y otro de misterio que la atraían mucho.
Justo en aquel momento apareció Ricardo, que se acercó a la pareja y le dijo a Carlos que no entretuviera más a la señorita y regresara a sus quehaceres, que él se encargaría de ofrecerle lo que ella necesitaba. Carlos le explicó que era precisamente lo que le acababa de decir. Ricardo, complacido, le dedicó una amplia sonrisa a la mujer, dijo que, efectivamente, fuera lo que fuera lo que ella anduviera buscando, él se lo conseguiría; después se dirigió a Carlos y le pidió que fuera a buscarle un café a él y, a la señorita, lo que ella deseara. La repuesta de Carlos, que consistió en levantar el dedo medio de su mano izquierda, no le gustó nada a Ricardo, que lanzó su puño directamente hacia su cara, a la que habría llegado con toda su fuerza de gimnasio de no haber sido porque la mujer, rapidísima de reflejos, le desvió el brazo. Al no encontrar una superficie que frenara su impulso, Ricardo se desequilibró y fue a parar sobre la mesa de Isabel, golpeando su pantalla, que cayó sobre el pie derecho de una señora mayor que estaba contratando un Camino de Santiago a pie, con soporte logístico para la mochila y las pernoctaciones. La sangre brotó de forma inmediata y la mujer se puso a chillar de dolor.
Al oír el alboroto, el director salió con rapidez de su despacho, remetiéndose un faldón de la camisa, y tras él lo hizo la subdirectora, abrochándose los botones superiores de la suya, pues al parecer estaban teniendo otra reunión. Ana dijo que ya había llamado a una ambulancia. El director se acercó enseguida a la señora mayor, que seguía aullando. Cuando vio esparcidos por el suelo varios prospectos sobre el Camino de Santiago, la pantalla despanzurrada junto a ellos y se dio cuenta de que aquel pie sangrante y deformado tardaría meses en sanar, supo que tendrían una reclamación y que aquello les iba a costar caro. Miró a Ricardo, que al parecer se había dislocado el brazo, porque estaba sentado en el suelo, ahogando gritos de dolor, mordiéndose los labios como si quisiera comérselos. Luego dirigió su mirada hacia Isabel, buscando una explicación. Pero Isabel lloraba y no era capaz de transmitirle ninguna información que le sirviera. Miró entonces a su alrededor: todos se habían levantado, empleados y clientes, y formaban un corro que contemplaba la escena.
Nadie se dio cuenta de que Carlos y su aparición ya no estaban allí. Y a él nadie lo echó en falta hasta un par de horas más tarde, cuando todo recobró la normalidad e Isabel necesitaba una pantalla nueva para poder seguir trabajando.
No lo vieron nunca más. Ricardo admitió que se habían peleado por culpa de Ana, pero no mencionó a ninguna mujer alta que hubiera entrado en la agencia. Tampoco Isabel, que dijo que, mientras atendía a la señora del Camino de Santiago, había visto de reojo cómo discutían los dos, junto a la entrada, y que Carlos había empujado a Ricardo, y que éste había caído sobre su mesa, causando, de forma involuntaria, todo el estropicio.La señora del Camino consiguió una indemnización de dieciocho mil euros y un viaje a Nueva Zelanda, para poder hacer senderismo por el Milford Sound, durante el siguiente mes de febrero. Isabel y Ricardo salieron juntos un par de meses, hasta que él decidió que prefería dedicar todo su tiempo libre a hacer pesas en el gimnasio. El director y la subdirectora se divorciaron de sus respectivas parejas, que habían recibido sendas llamadas de un hombre que afirmó que, cumpliendo con su deber de hombre honrado y enemigo de engaños, tenía que informarles de que les estaban poniendo los cuernos. Dicha información llegó también a los máximos responsables de la empresa, que decidieron despedir a la pareja adúltera, para dar ejemplo. En su lugar nombraron directora a Ana y subdirector a Enrique, que no tardó en orquestar una campaña contra la nueva jefa, a la que acusaba de haber ascendido de forma inmerecida y no por méritos laborales precisamente. Como los demás ya lo conocían y no le hacían caso, Enrique dedicó todos sus esfuerzos a tratar de convencer al nuevo informático, un chico callado al que le encantaba mirar por la ventana, sobre todo a primera hora de la mañana, cuando los demás todavía no habían llegado y nadie lo controlaba mientras se dedicaba al benchmarking.

jueves, 8 de mayo de 2008

Artículo. Con el dinero de los demás

Ayer los periódicos publicaban la noticia de que el gigante bancario suizo UBS deberá recortar hasta 5.500 puestos de trabajo en un año tras las pérdidas de casi 11.000 millones de dólares ligadas a los préstamos "subprime".
En primer lugar llama la atención este eufemismo de utilizar recortar en lugar de despedir, que es de lo que se trata, pero, sobre todo, resalta la utilización del verbo deberá, como si despedir empleados fuera una obligación o la única solución para la supervivencia del banco.
No he leído que ningún directivo deba dimitir por haber hecho unas inversiones (o mejor dicho, especulaciones) ruinosas, que han llevado al banco a la crisis en la que se encuentra. ¿Acaso eran estos 5.500 empleados quienes decidían en qué invertía el banco para el que trabajaban? No, y seguro que todo el negocio que ellos generaron ha sido positivo, pero serán ellos quienes paguen las consecuencias de una mala gestión.
También en España, los bancos han pedido al gobierno que invierta el dinero de la Seguridad Social en bonos y cédulas hipotecarias que ellos emitan, para poder así disponer de liquidez.
¿Y qué pasaría si algún banco se fuera a pique? Pues que quienes sufriríamos las consecuencias seríamos los españoles que aspiramos a tener una pensión digna después de toda una vida trabajando. No recuerdo que cuando los bancos proclaman sus quasi indecentes beneficios año tra año, cada vez más altos, digan también que van a hacer una dotación extraordinaria a la caja de la Seguridad Social.
Y cuando nieva poco y las estaciones de esquí no ganan tanto como esperaban, les falta tiempo para pedir subvenciones. Y los campesinos cuando la cosecha no va bien. Y los hoteleros de la playa cuando llueve. Y un largo etcétera de gremios que, en lugar de pagarse ellos una prima de seguro, pretenden que sea el Estado quien se la financie gratis.
Eso sí, la culpa de todos los males la tienen los salarios; incluso después de que ya haya quedado lo suficientemente claro que, año tras año, pierden poder adquisitivo.