domingo, 23 de mayo de 2010

Kate Moss machine

Kate Moss es un personaje visual imposible de comprender leyendo las páginas de un libro cuya única imagen es la fotografía de la portada. Sin embargo, el francés Christian Salomon ha escrito uno espléndido sobre ella, superando de paso la banal polémica sobre el soporte (papel, electrónico) e introduciendo un nuevo tipo de libro: el que no necesita incorporar imágenes que le son necesarias puesto que todas ellas están al alcance de un clic en Internet.
¿Cuántas y cuáles deberían haber sido incluidas en el libro para darnos una idea aproximada del fenómeno Moss? ¿Cuál hubiera sido entonces su precio? ¿Cuánto pesaría? Todo estas preguntas han pasado a ser retóricas puesto que el libro no incluye ninguna y cada uno puede buscar las que le apetezca, porque todas están a disposición del lector, empezando por las primeras (y tal vez más importantes) de Kate Moss que la revista The Face publicó en 1990, cuando ella era una adolescente escuálida que una amiga suya fotografió en la playa, medio desnuda y con un penacho de plumas en la cabeza, como una inocente niña jugando a indios y vaqueros.
Aquellas modestas fotos en blanco y negro cambiarían el mundo de la moda, acabando con el reinado de las modelos de medidas perfectas (Cindy, Linda, Naomi, ¿qué fue de ellas?) e introduciendo el de la chica de al lado, con las consecuencias que ello trajo para las grandes firmas de alta costura y de toda la industria que sostienen: ¿qué glamour podía tener uno de sus vestidos puesto sobre aquella figura delgada como las seis en punto? ¿Qué futuro les esperaba a las grandes firmas? La respuesta era obvia: adoptar a la chica de al lado; y eso hicieron, por supuesto.

No son estas las únicas fotos que hay que consultar mientras se lee el libro, claro, porque la trayectoria de Kate Mosse es larga y sus cambios han sido tantos, tan radicales y con tanta influencia, no sólo estrictamente en el mundo de la moda sino en el del comportamiento en general, que ha devenido un personaje mucho más importante de lo que a primera vista pudiera parecer en un acercamiento frívolo: nos guste o no, mucho de lo que ella ha hecho ha acabado repercutiendo en nosotros.
Moss saltó a la fama hace ya veinte años, sólo uno después de la caída del muro de Berlín, el mismo año en que se publicó Generación X, de la que ella es genuina representante, así como del movimiento grunge. Pocos meses después de las fotografías en The Face, Kate Moss fue ya capaz de sorprender al mundo cuando en París, en lugar de desfilar como una diosa altiva, se puso a correr sobre la pasarela como si la persiguieran los lobos, tal como dijo John Galliano, el diseñador cuya ropa llevaba.
De ahí en adelante la controversia la ha acompañado: tachada de anoréxica por los anuncios de Calvin Klein, fotografiada esnifando cocaína, redimida por McQueen, que la vistió de ángel y hasta creó un holograma suyo, esculpida primero en hielo y luego en oro por Marc Quinn, pintada embarazada nada menos que por Lucian Freud o trucada fotográficamente para convertirla en machine son algunos ejemplos de la evolución de alguien que se ha convertido en símbolo de lo que son hoy en día nuestras cada vez más largas vidas: una mezcla y sucesión de diversos roles, a menudo intercambiables en el tiempo
Porque se acabaron aquellas vidas en las que uno nacía, estudiaba, trabajaba, se casaba, tenía hijos, se jubilaba y moría. Hoy hay quien estudia cuando se jubila, quien empieza a trabajar a la edad en la que antes se tenían ya varios hijos, quien acaba de administrativo en la empresa en la que había sido directivo, quien entabla una relación homosexual después de varios años casado con alguien del otro sexo. La vida ha dejado de ser una sucesión de etapas en las que la siguiente quemaba la anterior, en la que la persona configuraba un solo perfil, en la que se tenía una única identidad.
Ahora todos practicamos, en mayor o menor medida, eso que se ha venido en llamar morphing, en honor al programa informático Morph, con el que en 1994 se diseñó un rostro femenino que era una mezcla de las características de distintas razas, que fue portada de Time con el título de “El nuevo rostro de América” y que Michael Jackson no dudó en aplicar sobre su propio físico a lo largo de su vida. Nuestro morphing no es físico (o no es sólo físico, que la cirugía estética también está ahí), pero nuestros cambios son constantes y nuestras trayectorias ya no son lineales, debemos reiniciar y aprender continuamente a menos que queramos quedarnos a un lado, convertidos en estatuas, y no precisamente de oro.
Kate Moss machine. Christian Salomon. Editorial Península, 2010.
Kate Moss corre para John Galliano http://www.youtube.com/watch?v=ip6OiNb7fqU

jueves, 7 de enero de 2010

Escudos en las aulas

Érase una vez un colegio en cuyas aulas se habían colgado escudos del Fútbol Club Deportivo porque el director era socio y gran seguidor de ese equipo. Hacía muchos años que los escudos pendían de aquellas paredes, tantos que ya se habían descolorido y parecían formar parte del mobiliario, también desgastado; muchos alumnos ni siquiera reparaban en ellos, quizá porque les resultaban muy familiares, ya que la mayoría de sus padres eran seguidores del mismo equipo y los veían a menudo en sus propias casas; y también porque los tiempos estaban cambiando: la televisión cada vez tenía más canales con los que entretener, los centros comerciales se habían convertido en centros de ocio y el fútbol, contra todo pronóstico, había dejado de interesar.
Los escudos de las aulas languidecían, pues, entre la indiferencia de los alumnos, a quienes el fútbol les parecía un entretenimiento del pasado, y la desmemoria de los padres, que ya no recordaban que estuvieran allí. Hasta que un día llegó un nuevo alumno, procedente de otra ciudad, ataviado con una camiseta del Fútbol Club Deportividad. Y se armó un buen revuelo, porque los otros alumnos explicaron en sus casas lo que había sucedido, en tanto que los profesores se lo contaron al director que, aunque bastante más viejo y achacoso, seguía siendo aquel que había instalado el escudo del Fútbol Club Deportivo en las aulas.
A partir de entonces, algunos alumnos empezaron a acudir al colegio enfundados en las camisetas de sus equipos favoritos y, también contra todo pronóstico, resultó que había una gran variedad, porque además de los del Deportivo y del Deportividad se veían también, entre otros, los colores del DxT, Deportes, Sportif y Sports. El director, por su parte, harto de que quienes él consideraba unos arribistas pretendieran usurpar el lugar que legítimamente le correspondía a su club, el de toda la vida, el que sin duda le era propio al pueblo en el que jugaba, mandó restaurar los escudos de las aulas, que en unos pocos días recuperaron su antiguo esplendor.
Al ver de nuevo tan brillantes los escudos del Deportivo en las aulas, los seguidores de los otros equipos reclamaron que se colgaran también los suyos, pues sintieron que se vulneraba su derecho a tenerlos: ¿por qué sólo uno y no todos?, decían. Hubo discusiones, manifestaciones y toda clase de opiniones en los medios de comunicación, pero no se llegaba a ningún acuerdo.
Se trató entonces en el pleno del ayuntamiento, donde el presidente del Fútbol Club Deportivo, que también era concejal, argumentó lo mucho que el pueblo debía al club, puesto que los partidos contra los equipos forasteros cohesionaban a los vecinos, juntos contra el enemigo. Las victorias eran motivo de celebración y orgullo para el pueblo, todos unidos. Y no dejó de recordarle al alcalde aquellas elecciones ganadas justo después del ascenso del equipo a la categoría superior, ni su condición de socio honorario, que le permitía ver los partidos gratis y desde la tribuna. ¿Le podían ofrecer lo mismo los demás equipos, que no tenían su sede allí y eran minoritarios?
El alcalde, a su vez, le espetó al presidente que cada año salía un buen dinero de las arcas municipales para subvencionar al Club, sin el cual no podría sobrevivir, porque sus gastos y fichajes no se cubrían con lo poco que recaudaban, puesto que su flojas últimas temporadas no animaban a los espectadores a acudir al campo.
Se enemistaron vecinos que habían sido amigos toda la vida, porque descubrieron que sus simpatías deportivas no eran las mismas. Se arrojaron piedras a las ventanas de algunas casas de equipos poco conocidos, porque se les acusaba de querer llevarse a los mejores jugadores del Deportivo. Hasta hubo varias agresiones, que sólo por casualidad no causaron ningún muerto, tan violentas fueron.
El alcalde y el presidente del club, desbordados y sin poder tampoco ellos ponerse de acuerdo, apelaron al gobernador, que dijo que sí, que no y que todo lo contrario, lo que dio argumentos a todos los bandos y no contentó a nadie.
Hasta que finalmente, un día, los alumnos del colegio decidieron que había que acabar con aquello: llevaron los escudos de las aulas hasta la plaza mayor, arrojaron encima las camisetas de sus equipos y prendieron fuego a todo aquello que estaba sacando de quicio a los mayores, ante la atónita mirada del pleno municipal, reunido por enésima vez para discutir y no alcanzar acuerdos. Luego los alumnos regresaron al colegio, de cuyas paredes nunca más colgó ningún escudo y al que nunca más nadie acudió con una camiseta de un equipo de fútbol. Y allí fueron felices y aprendieron matrices.
Y colorín colorado, este cuento podría haber acabado.

lunes, 4 de enero de 2010

Artículo. Siempre a medias

Una vez le pidieron al historiador Ramón Carande que definiera España en dos palabras. "Demasiados retrocesos", fue su magnífica respuesta, difícilmente superable ni escribiendo una historia de España en varios tomos.
Y es que tal vez sea esa la causa de muchos de los males que nos aquejan: andamos siempre replanteándonos si somos o una nación o varias, si Catalunya debe dividirse en provincias o vegueríes, si queremos una monarquía o una república... en fin, un montón de cosas que a un francés o a un estadounidenses le producirían risa o pánico plantearse. Y, claro, comos gastamos nuestras energías en materias borrosas que debieran haber quedado establecidas hace dos siglos y haber permanecido inmutables desde entonces, no nos quedan fuerzas para ocuparnos de otros asuntos menos baladís y más concretos como, pongamos por caso, una ley educativa única, perdurable, efectiva y alejada de vaivenes políticos y nacionalistas.
Bueno, pues a todo ello hay que sumarle ahora ese titubeo constante y esas ganas de agradar a todos (con lo que consigue no agradar a nadie) de nuestro actual gobierno, que lo deja todo a medias y da pie a todos los opositores a ponerse gallitos y enfrentársele con suma facilidad.
Y de entre todas estas decisiones que no son ni una cosa ni la otra ni la contraria, destaca la ley antitabaco.
Si cuando se promulgó la primera ley se hubiera prohibido fumar en todos los recintos cerrados, haría tiempo que ya nadie hablaría de ello, como no se habla ya de que no se pueda fumar en los aviones o en los hospitales, por ejemplo (donde, hay que recordar, antes también se podía fumar). Pero, claro, había que contentar a todo el mundo y al parecer no había forma mejor que dejar que fueran los propietarios de los bares quienes decidieran qué se hacía en sus locales, convirtiéndolos así en legisladores por delegación. Impresionante ejemplo que debería figurar en los mejores manuales de teoría política.
Y, a remolque de sus quejas, cualquier gobiernito autonómico opositor se crece y se siente con fuerzas suficientes para enfrentarse al gobierno, apelando ya sea a la sacrosanta libertad del fumador o a la no menos sacrosanta voluntad de negocio de los propietarios de bares, aunque dejando de lado la libertad de los no fumadores y la de los empleados de los bares, por ejemplo.
No recuerdo quién decía que el nacionalismo se cura viajando. Y no es lo único que se cura, añado. Seguramente toda esta gente que apela al apocalipsis barístico si se prohibe fumar en su interior no habrá estado en, digamos, New York o Londres. Allí no se puede fumar en ningún recinto cerrado y los bares y restaurantes están tan llenos como siempre.
Claro que allí no les dieron opción a ponerse gallitos: se promulgó la ley y a cumplirla. Porque, por un lado, es una ley sanitaria, que protege a todo el mundo (fumadores o no) de espacios rebosantes de humo y peste; pero por la otra no es una ley que prohíba a nadie entrar a tomarse un café o una copa en ninguna parte. De esto último ya se ocupa la Generalitat de Catalunya, siempre atenta a cuidar de sus retoños, a los que prohibe las happy hours y otras ofertas alcohólicas, no fueran a hacernos daño... pero esa es otra historia.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Linchamientos

Enrique Lynch, en su artículo Revanchismo de género, publicado en El País el 19.11.2009, comete varios errores, el peor de los cuales, sin duda, es no calibrar la fuerza de los fundamentalismos.
Los fundamentalismos están basado en la intransigencia: o estás conmigo o estás contra mí, no conciben posturas intermedias. Sean religiosos, nacionalistas o de sexo. ¿Por qué entonces si el machismo es intrínsecamente perverso al feminismo hay que considerarlo intrínsecamente bueno? No parece tener mucho sentido, puesto que ambos buscan la supremacía de lo propio, de otro modo no se llamarían así. ¿Por qué las mujeres no han llamado "personalismo" a su movimiento reivindicativo? ¿Acaso no buscan la igualdad entre los sexos?
¿Cuál es el pecado del artículo de Lynch? Obviamente es el de no seguir los mandamientos, como en cualquier religión. Pero, ¿hasta dónde somos culpables todos de que cada vez haya más noticias de muertes de mujeres a manos de hombres?
Tal vez la publicidad que se da a tales crímenes no tenga el efecto beneficioso de que todos los hombres pensemos ¡qué horror! sino que quizá tenga el pernicioso de que algunos piensen ¡eso es posible, puedo matarla y encima salir en la tele! No es un razonamiento frívolo, la estupidez humana alcanza estos límites.
Tal vez seguir emitiendo "Cine de barrio" cada sábado por la tarde siga fomentando unos comportamientos y fomentando unas ideas que debieran haber muerto con Franco y que es incomprensible que un gobierno socialista siga pregonando a través de la televisión pública.
Tal vez las madres sigan educando a sus hijos como fueron ellas educadas y transmitiendo unos valores que luego queremos que no sean los que imperen en nuestra sociedad. Y con la madres, los padres, claro, y los colegios, y los anuncios de la tele, y las películas, y las novelas, y los regalos, y la religión, y el ejército.
Si creamos desigualdad ¿cómo queremos que después ellas se enfrenten a ellos, a quienes les han dicho que son y han de ser superiores? Eso es lo que viene a decir Lynch en su artículo: no envíes al niño a luchar contra el oso, porque lo destrozará.
Hace unos pocos días vi un reportaje en la televisión loando la presencia de mujeres en cargos importantes en las minas (¡nunca antes había habido mujeres en las minas!, clamaba, orgullosa una voz en off). Luego entrevistaban a los mineros. Unos decían que les daba igual si su jefe era un hombre o una mujer, porque al fin y al cabo todos le iban a dar órdenes. Pero algunos también encontraban a faltar que hubiera mujeres a su lado, trabajando, allí, en la parte dura. Esa sería una buena muestra de igualdad, pero la reivindicación de las mujeres no ha llegado hasta el pico, se ha quedado en la oficina.
Hace unos años, en una excelente película ¡norteamericana! (American history X), que narraba el proceso de conversión a la exrema derecha de dos hermanos cuyo padre, bombero, había muerto en acto de servicio, el mayor recordaba a su padre cuando le decía que en su unidad habían escogido a un hombre de color para cumplir con la cuota, lo que a él le dejaba la duda de saber si era el mejor candidato y si su vida estaría lo mejor protegida posible en caso de necesidad. Cuando finalmente el hombre muere apagando un fuego, el mecanismo en el cerebro de su hijo funciona sin vacilaciones: por culpa de un negro mi padre está muerto, y se acerca al racismo, a la violencia, al nazismo.
Mucho cuidado con las discriminaciones, por muy positivas que sean, porque son muy, muy peligrosas.

martes, 3 de noviembre de 2009

Las barbas del profeta. Relato

Era el primer día laborable de setiembre y Jordi Feliubó tenía que volver al trabajo después de haber disfrutado de un mes de vacaciones.
Aunque su profesión era de las que despiertan envidias, también a él le pesaba la rutina y más de una vez había pensado que si todos los días sintiera el mismo agobio que los lunes ─y no digamos que el primer día de trabajo tras las vacaciones─ seguramente se plantearía el hecho de cambiar de empleo. Sin embargo era un pensamiento que se guardaba para sí, porque sabía que había oficios muchísimo más rutinarios, peor pagados y menos prestigiosos que presentar las noticias de un canal de televisión; y que cualquiera de los empleados de una cadena de montaje, de un supermercado o de un banco le habría permutado su puesto ─y, sobre todo, su salario─ sin dudarlo un instante. De modo que no lo comentaba con nadie, pero estaba convencido de que, siendo como es todo tan relativo en este mundo, a él le costaba proporcionalmente el mismo esfuerzo decidirse a abandonar la cama que a cualquier otro asalariado del mundo.
Tuvo que madrugar por primera vez en muchos días, secarse el pelo con un ruidoso aparato que le daba el volumen recomendado por los asesores de imagen y ponerse unos de los trajes que el diseñador que proveía a la televisión para la que trabajaba se había encargado de hacer llegar a su casa. Pero aquella mañana hubo algo que no hizo: afeitarse. Estaba cansado de hacerlo, como casi todos los varones adultos, claro, pero a él, además, un dermatólogo que había conocido en una recepción poco antes del verano le había recomendado que no lo hiciera durante una temporada, porque tenía la piel muy irritada de tanto rasurado, de tanta loción y de tanto maquillaje. Si no se dejaba barba era más que probable que una legión de granos purulentos le salpicara su hasta entonces lisa y tersa piel, le había dicho. La amenaza era de las que provocan escalofríos y Jordi Feliubó no necesitó que se lo repitieran: se afeitó por última vez el treinta y uno de julio.
Tenía una barba espesa y de rápido crecimiento que, un mes después, había alcanzado una longitud y un volumen suficientes como para no parecer un guerrillero que acabara de salir de su escondite en las montañas, ni un harapiento en horas bajas. Al contrario, tanto su mujer como sus amigos le habían dicho que le quedaba muy bien y le confería un aire de respetabilidad que seguramente les daría aún más credibilidad a las noticias que salieran de su boca.
Relativamente compensada la depresión del regreso al trabajo por la alegría que le supuso no tener que someterse a la tortura del afeitado, emprendió el camino de los estudios de bastante buen humor. Cogió su coche y condujo mientras escuchaba la radio, como solía hacer, para estar al tanto de las últimas novedades del día y aprender de las perfectas dicciones de algunos de sus locutores, que ─ellos sí auténticos privilegiados─ podían enfrentarse al público vestidos de cualquier manera y rasurarse una vez a la semana si ese era su deseo.
Llegó en poco más de veinte minutos. Tenía una plaza reservada en el aparcamiento cubierto ─prerrogativa sólo concedida a los altos cargos y a las estrellas más rutilantes del momento─, metió el coche en ella, entró en el edificio y cogió el ascensor que le dejaba a pocos metros de su despacho.
No se encontró con nadie en el corto trayecto. Se plantó frente a su puerta, en la que todavía estaba el letrero en el que se podía leer: "Jordi Feliubó. Informativos", la abrió con lentitud, asomó la cabeza y echó un vistazo al interior. Nada había cambiado en un mes. Eso lo reconfortó, siempre sentía un desagradable vacío en el estómago cuando regresaba al trabajo después de las vacaciones o de un simple fin de semana, porque temía encontrarse a otro sentado en su sillón. Quizá fuera un trabajo más atractivo que otros, pero colgaba de un hilo que mucha gente podía cortar en cualquier momento: un bajón en la audiencia debido a un locutor nuevo y con más gancho en otra cadena, una racha de malas noticias que pudiera hacer que la gente asociara mensajero y desgracia, un cambio de accionistas en la empresa... eran muchos los peligros que Jordi Feliubó sabía que existían, y de vez en cuando sus dolorosas e incómodas gastritis se lo recordaban. Pero, al menos por esta vez, estaba a salvo: todo seguía prácticamente igual que cuando se había marchado, únicamente unas carpetas nuevas sobre la mesa, seguramente proyectos para reportajes o entrevistas a fondo, de las que solía hacer una a la semana y habían aumentado su prestigio hasta convertirlo en el presentador de televisión que, según los sondeos, despertaba mayor confianza en los espectadores.
Se sentó un momento en el sillón. Todo andaba bien, nadie había modificado la altura ni la resistencia del respaldo para adaptarlo a su propia conveniencia, eso significaba que su puesto no peligraba. Miró el reloj, eran casi las once, hora de pasarse por la redacción para ver cómo marchaba todo y empezar a elegir la noticia que abriría las noticias del mediodía.
Su despacho estaba cerca del ascensor, pero para llegar a la redacción tenía que atravesar unos cuantos metros de pasillos. Empezó a andar y a acumular saludos de cuantos se cruzaban con él.
─¡Presentador nuevo!
─¡Vaya cambio!
─¡Estás desconocido!
─¿Quién es ese? ─bromeó alguno.
Llegó a la redacción y fue recibido con un silbido de admiración y con algunos aplausos, más jocosos que otra cosa. Entonces, el jefe de informativos, que estaba de pie, con los codos apoyados sobre una mesa, conversando con una de las redactoras más jóvenes y guapas, giró la cabeza para ver qué era lo que había causado tanto revuelo entre el personal.
─¿Es Jordi ? ─preguntó espantado a la redactora.
─Claro ─contestó ella, un poco sorprendida por la pregunta.
─¡Jordi ! ─gritó.
El aludido saludó con la mano.
El jefe de informativos se irguió apresuradamente y atravesó a grandes zancadas la distancia que le separaba del presentador. Cuando llegó a su lado lo miró con incredulidad, le cogió por el codo y le susurró al oído:
─Ven conmigo, rápido.
─¿Adónde?
─Calla y sígueme.
Salieron de la redacción y se dirigieron hacia el despacho del jefe a paso vivo y en silencio.
A Jordi Feliubó le temblaban las piernas. ¿Qué pensaba decirle? ¿Se habría extrañado de su presencia pensando que ya no iba a volver más porque le habían despedido? ¿Es que a alguien se le había olvidado comunicárselo? ¿A eso y no a su barba se debía tanta broma por los pasillos?
─Andreu, ¿qué pasa? ─se atrevió a preguntar.
─Silencio. Hablaremos cuando lleguemos a mi despacho.
Estaba lejos, puerta con puerta con el del del propio Jordi Feliubó. Por fin llegaron. "Andreu Espillet. Jefe de informativos", decía el rótulo. Entraron. El jefe cerró la puerta y se pasó un pañuelo por la sudada frente.
─¿Qué has hecho? ─preguntó estupefacto.
─¿Tenía que haber regresado antes? ─preguntó a su vez el presentador, desorientado.
─¡No tenías que haber regresado nunca! ─contestó el jefe.
Jordi Feliubó tuvo que sentarse, las piernas le habían flojeado definitivamente y eran incapaces de sostenerle en pie. Lo sabía, se dijo, me han echado, estoy acabado.
─¿Pero cómo se te ocurre?
─Yo no sabía nada.
─¡Joder!, estas cosas se intuyen, se imaginan, uno se las espera. Somos profesionales, conocemos este mundo.
─He estado de vacaciones, nadie se ha puesto en contacto conmigo.
─¿Se lo habías dicho a alguien?
─¿Decirle qué?
─Que ibas a dejarte barba.
─¿Barba?
─Claro, así es como se llama esa asquerosa pelambrera que llevas en tu cara.
─¿Todo esto es por la barba? ─preguntó Jordi Feliubó.
─Pues claro, ¿qué pensabas?
El presentador suspiró aliviado.
─Qué susto me habías dado.
─No sé qué te imaginabas, pero ahora que sabes de qué va la cosa es cuando deberías estar asustado: así no puedes presentar las noticias.
─¿Qué dices? ¿Tengo mal aspecto?
─No sé si tienes buen o mal aspecto, sólo sé que llevas barba y que el presentador de las noticias no ha de llevarla.
─¿Está en algún reglamento? ¿En alguna cláusula del contrato?
─No lo sé, ni me importa, pero no quiero ni imaginar lo que diría el jefe de programas cuando se enterara, y no digamos el director... y el consejero delegado... y el presidente. ¡Tú estás buscando mi ruina!
─¿Pero Andreu, es que te has vuelto loco? ¿De verdad crees que alguien puede reprocharte que uno de tus presentadores se haya dejado barba? ¿En qué año crees que estamos, en 1940?
Andreu Espillet se sentó en su sillón, se pasó de nuevo el pañuelo por la frente y acabó escondiendo la cara entre las manos. Estuvo así unos segundos. No sabía qué decir ni qué hacer. Las más desagradables imágenes pugnaban por desfilar en su cerebro, y todas tenían cabida. Se veía expulsado del edificio a puras patadas en el culo, rechazado de cualquier empresa a la que acudiera a pedir trabajo, sus hijos marginados por sus compañeros de colegio, su mujer despreciada por peluqueras y masajistas, el préstamo sin pagar, su casa con jardín en las afueras y su automóvil alemán embargados, un titular en los periódicos: "ex-jefe de informativos de la televisión fotografiado mientras pedía limosna en una estación del metro". ¡Santo Dios!
─Ve inmediatamente a la peluquería y que te afeiten.
─Ni pensarlo.
─¡Es una orden, soy tu jefe!
─Si me afeito va a ser peor.
─Imposible.
─Van a salirme granos en la cara.
─Eso se tapa con maquillaje.
─Mira, Andreu, hace mucho que nos conocemos, cálmate un poco y hablemos, creo que estás sacando las cosas de quicio.
─No hay nada que decir, Jordi. Si quieres presentar las noticias tienes que afeitarte, eso es todo lo que tenemos que hablar.
─Pero Andreu, coño, llama al jefe de programas, pregúntale qué le parece, estás dando por supuesto que va a estar en desacuerdo, pero no lo sabes.
─Sé muy bien cómo piensa.
─Crees saber cómo piensa, también yo creía saber cómo pensabas tú y ya ves cuánto me he equivocado.
─No vamos a discutir más este asunto, Jordi. Tengo trabajo, y tú también. Cuando te hayan afeitado pásate por la redacción, escogeremos los titulares y repasaremos un poco las otras noticias. Date prisa que ya se está haciendo tarde.
Andreu Espillet se levantó de su sillón, pasó por delante del presentador y se dirigió hacia la puerta.
─Andreu.
El jefe de informativos se paró, pero no se volvió para mirar al locutor.
─Andreu, por favor, llama al jefe, verás como no le parecerá un problema que me haya dejado barba. Todos los que me han visto dicen que me queda muy bien, que me confiere respetabilidad.
─No voy a llamarle, no quiero ni que sepa que a alguno de mis presentadores se le ha ocurrido tan peregrina idea, no quiero desprestigiarme por algo que no ha ocurrido.
─Se volvió hacia él y añadió, remarcando bien cada palabra─: No ha ocurrido ¿entiendes?
─Iré a verle.
─Si vas a verle te mato. ¿Me has oído? Te mato. Literalmente. Tengo una pistola en el cajón y no bromeo. Dentro de media hora te espero en la redacción.
Salió del despacho dando un portazo.
Jordi Feliubó se se quedó un rato sentado. Reflexionaba, discurría, pensaba; se dedicaba a todas esas cosas que el cerebro de los humanos sabe hacer cuando lo intenta, pero no encontraba ninguna solución. No se atrevía a desafiar a Andreu, llevaba las de perder: seguramente no le dejaría presentar las noticias si aparecía en el plató con la barba; y luego ya buscaría algún argumento de más peso para justificar su decisión. Tampoco quería arriesgarse a visitar al jefe de programas y explicarle la situación, puede que también estuviera en contra o puede que Andreu, en un ataque de furia, acabara pegándole el tiro que le había prometido, si es que realmente tenía esa pistola en el cajón. Pero sabía que, si se afeitaba y al cabo de unos días empezaban a salirle granos, no iba a durar mucho como presentador de las noticias de mayor audiencia.
¿Qué iba a hacer luego? Estaba claro que ninguna cadena lo contrataría, y su voz no era lo suficientemente profunda para la radio. No era bueno escribiendo ni lo bastante valiente para hacerse corresponsal de guerra. Y no sabía hacer mucho más para ganarse la vida. Había tenido la suerte de tener lo que se llama una buena presencia y una muy conveniente pronunciación, con un acento neutro que no lo vinculaba a ningún sitio, algo ideal para un presentador que debe llegar a todo el mundo. No había necesitado nada más para auparse hasta donde había llegado, pero ahora todo se tambaleaba y el miedo le atenazaba.
Andreu Espillet estaba en la redacción, dedicándose a recorrer sin descanso la enorme sala. Estaba nervioso, preocupado por la situación. Miró la hora: las doce pasadas; había que empezar a elaborar el sumario, algo que solía hacer con Jordi Feliubó. Se sentó en su silla y consultó su ordenador. Marcó seis noticias de la lista que aparecía en la pantalla: serían los titulares. Ahora sólo faltaba escoger, de entre ellas, la que abriría la edición. Descartó las internacionales, luego las nacionales ocurridas fuera de su comunidad. Sólo quedaba la visita del presidente a una comarca deprimida y la exitosa actuación en Italia de un famoso cantante de ópera catalán. Repasó otra vez las del extranjero: Israel se había vengado de un ataque procedente del sur del Líbano y las guerras tribales ocasionaban miles de muertos en un país africano. No podía empezar con ninguna de ellas. El consumo familiar aumentaba y amenazaba con descontrolar la inflación. No. Madrid era la capital europea con más zonas verdes y peor mobiliario urbano. Tampoco. Se decidió por el cantante de ópera, ya llevaba demasiados días encabezando las noticias con el presidente visitando alguna de las comarcas vecinas a su lugar de vacaciones.
A la una y media se acercó a la cafetería. No tenía hambre pero esperaba encontrarse allí con su presentador. No sabía dónde se había metido desde que habían discutido hacía más de dos horas y estaba inquieto porque había estado esperando que regresara a su despacho y le pidiera perdón, con la cara limpia y oliendo a loción para después del afeitado. No había sido así, pero algo le decía que habría acabado haciéndole caso y que aquella horrible barba seguramente no sería ya más que un mal recuerdo.
No se equivocó: Jordi Feliubó llegó a la cafetería cinco minutos después que el jefe de informativos, pulcramente afeitado y con la cara perfectamente maquillada para evitar que la palidez de sus mejillas ─tantos días al abrigo del sol─ contrastara con la bronceada frente. Andreu Espillet sintió un gran alivio en su interior y con un gesto le invitó a que se sentara en su misma mesa.
El presentador se situó en una silla frente a él.
─Has tomado la decisión correcta ─dijo el jefe.
─Era lo único que podía hacer.
─No lo único, pero sí lo más sensato.
─¿Qué pasará cuando empiecen a salirme granos en la cara? ─preguntó Jordi Feliubó.
─Estoy convencido de que eso no sucederá. Te enviaremos al mejor especialista de la piel.
─¿Y si es inevitable?
─No seas pesimista.
─¿Me echaríais?
─Yo no soy el jefe de personal.
─¿Cuál sería tu opinión?
─Hombre, puedes imaginar que no es apropiado que el presentador de las noticias tenga un aspecto que pueda producir malestar entre los telespectadores.
─Me echaríais.
─Tal vez todo quedara en una temporada de descanso, hasta que tu piel volviera a estar en condiciones.
─Entiendo.
Hubo una pausa.
─He oído rumores de que habéis echado a Rosa ─comentó el presentador.
─Efectivamente, se trata de rumores: Rosa se ha ido por su propia voluntad ─puntualizó el jefe─. No daba la imagen que la cadena necesitaba y ha llegado a un acuerdo con la empresa.
─Pues llevaba mucho años con nosotros y siempre habíamos mantenido buenos niveles de audiencia, éramos la pareja de presentadores de noticias favorita del público.
─No te preocupes por eso, tenemos una sustituta mucho mejor ─cortó el jefe, con una sonrisa en la boca.
Comieron en silencio. Una ensalada y un poco de pescado a la plancha. Agua mineral. Un café.
─¿Has elegido ya las noticias? ─preguntó el presentador.
─Sí, como no llegabas he tenido que hacerlo yo solo.
─¿Con qué empezaremos?
─Con Arcadi Curses cantando en Milán. Un éxito apoteósico.
─¿No hay nada más interesante? He oído por la radio que Israel había atacado el sur del Líbano.
─No vamos a encabezar las noticias del primer día laborable de mucha gente con una noticia penosa.
─Claro.
Fueron juntos a la redacción. Acabaron de completar el contenido de las noticias. Jordi Feliubó regresó a maquillaje para que le dieran los últimos retoques y Andreu Espillet se dirigió a su despacho. Siempre veía las noticias allí, no le gustaba estar en la cabina de realización porque no soportaba estarse callado y más de una vez había tenido enfrentamientos con algún realizador.
─Cinco minutos.
Jordi Feliubó sí que visitó al realizador, se conocían desde hacía mucho tiempo y solían comentar algunos detalles técnicos antes de empezar las noticias, luego entró en el plató y se sentó en la silla del presentador.
A su lado lo hizo una chica nueva que no conocía: tenía unos veinticinco años, los ojos verdes, mucho volumen de rojizo y ondulado pelo y unos labios gruesos y carnosos que no parecían naturales. Realmente la imagen de la cadena iba a ser bien distinta: Rosa había entrado ya en la cuarentena, tenía el pelo lacio, los ojos marrones y usaba gafas para leer desde hacía algunos meses.
─Soy Jordi Feliubó. Ya me han comentado que eres la sustituta de Rosa ─le dijo, mientras se estrechaban la mano.
─Me llamo Laia.
Tenía una voz demasiado aguda y su entonación era chabacana, muy distinta de la culta pronunciación de Rosa: otro cambio.
─Me gustaba mucho trabajar con Rosa, éramos amigos.
─Lo entiendo, pero al parecer tuvo problemas de imagen.
─¿Se había dejado barba?
Laia le miró boquiabierta.
─Era una broma.
Laia hizo una mueca parecida a una sonrisa.
─¡Un minuto!
Ambos se prepararon, se pusieron frente a la cámara y ordenaron los papeles que tenían sobre la mesa. Laia se esponjó un poco el pelo y una maquilladora le repasó la sombra de un ojo. Jordi Feliubó tuvo tiempo aún para coger el teléfono que tenían sobre la mesa e intercambiar en voz muy baja unas pocas palabras, casi susurros, con el realizador.
─¡Tres, dos, uno. Dentro!
Sonó la pegadiza sintonía mientras una cámara ofrecía un plano general del estudio, luego el realizador cambio de cámara y apareció el atractivo rostro de la nueva presentadora.
Laia leyó el sumario mientras en pantalla aparecían imágenes de las noticias que exponía. Cuando acabó, el realizador seleccionó la cámara que enfocaba a Jordi Feliubó.
El presentador, después de un breve saludo, empezó a contar, con el semblante muy serio y la voz grave y pausada, que el hasta entonces jefe de informativos de la cadena, Andreu Espillet Miralles, había sido despedido tras hacerse pública su vinculación con una red internacional de tráfico de drogas, trata de blancas y proxenetismo. Una sorpresa que había causado estupor en la cadena y que había obligado a la dirección a tomar tan drástica medida dada la gravedad de los hechos, perfectamente probados.
Andreu Espillet estaba en su despacho, mucho más tranquilo desde que había visto a Jordi Feliubó en la cafetería, sin aquella horrible y anticuada barba que ya no era más una anécdota de la que pronto se reirían los dos. Prestaba más atención al rostro perfectamente afeitado y maquillado del presentador que a las palabras que salían de su boca, y tardó en darse cuenta de lo que estaba sucediendo. Lo hizo en el momento en que una fotografía de su propia cara ocupó toda la pantalla y fue entonces cuando empezó a prestar atención a lo que decía la voz en off. Al oír todas aquellas atrocidades dio un respingo, maldijo y comprendió que, si no detenía aquello, su carrera estaba llegando a su fin: conocía suficientemente bien el medio como para saber que, por muchos desmentidos que ofreciera la cadena ─¿realmente los ofrecería?, se preguntó aterrado─, en cuanto aquel programa acabara Andreu Espillet habría dejado de tener futuro.
Salió disparado de su despacho y empezó a correr camino del estudio desde el que se emitían las noticias.
¿Qué hacía el realizador que no detenía a aquel energúmeno? ¿En qué estaba pensando? ¿Es que él también se estaba creyendo aquella infamia? Subió corriendo las escaleras que llevaban hasta la cabina. Cuando llegó arriba notó un fuerte pinchazo cerca del hombro izquierdo, luego sintió que se ahogaba, sus piernas se doblaron y cayó redondo sobre el linóleo.
Tardó un par de meses en recuperarse y en saber que, en cuanto él cayó al suelo, víctima del ataque al corazón, el realizador ─marido de Rosa, la antigua presentadora de las noticias─ interrumpió la emisión en circuito cerrado de aquella farsa e inició el minuto de cuenta atrás previo a la auténtica transmisión de las noticias, que empezaron con la reseña del gran triunfo de Arcadi Curses
en la Escala de Milán, narrada por Jordi Feliubó.